domingo, 18 de agosto de 2013

Merendando tras el arcoiris.

Nunca antes lo había visto llorar. El espíritu fuerte y salvaje que habitaba en él ya no vivía allí. Era un cuerpo totalmente destrozado, sin alegría, gris. Ya de por sí me resultaba extraño volver a verlo una vez más sin maquillaje, pero la última vez no estaba en estas condiciones. Parecía que se le habían agotado las ganas de vivir.

 Estaba tirado en su chaiselonge favorita, boca abajo. Sólo llevaba la una desgastada camiseta de pijama que parece ser que ser que sólo se la ponía en sus días más tristes, pues él no era de dormir vestido y en esa camiseta ya se veían rasgos de haber sido usada en más de una deprimente ocasión.  Al no ser de su talla, era tan grande que no se podía ver si debajo había ropa interior o no, y yo no había ido allí para descubrirlo.
No sé por qué me llamó a mí, teniendo a tanta gente a la que llamar. Me llamó a mí, a su vecino de arriba, con el que tanto había jugado y mareado sin dejarle nada claro. Siempre fui su juguete desde el día que me engatusó hasta el día en el que me di cuenta de lo sucio que podía llegar a ser. Pero, después de todo, fui su mejor amigo. Su único amigo. Y confiaba en mí.

Su casa estaba más desordenada de lo habitual. Él nunca había sido muy amante del orden, pero vivía en su orden desordenado. Ese día, su único orden se había desvanecido. La mesa estaba llena de ceniceros hasta arriba, por el suelo encontré varias cajetillas de tabaco y botellas de diversas bebidas alcohólicas vacías (Entre ellas, tequila y vodka, y recé por que no hubiese mezclado ambas). Del baño procedía un fuerte olor a vómito y su  habitación estaba patas arriba. Su casa había pasado de ser una casa minimalista de catálogo a ser la casa de un yonki.

Como pudo, me ofreció asiento. Se levantó y me miró a los ojos.

-Lo he vuelto a hacer.

Y me abrazó fuertemente mientras rompía a llorar. Olía a sudor, vómito y sangre. Ya no olía a perfume caro de señor mayor (Mejor dicho, mezcla de perfumes caros de diversos hombres mayores adinerados con los que solía mantener sus citas diarias).

-¿Qué has vuelto a hacer? –Dije mientras le miraba directamente a los ojos.

Se puso de pie y se alzó la ancha camiseta. Sí, tenía ropa interior, de marca además. Pero eso no era lo que me quería enseñar. Alrededor de sus ingles, había diversas postillas y heridas. Eran finas y alargadas, perfectamente situadas de forma paralela las unas a las otras. Lógicamente, eran causadas. 

-¿Por qué lo has hecho? –Pregunté serenamente, para no alterarlo más.

-Me he enamorado.

Un sudor frío recorría mi nuca y mis ojos se abrieron como platos. Se me cortó la respiración. Harry, Harry White enamorado.  El hombre que no pertenece a nadie y pertenece a todos, el hombre que decide con quién acostarse y con quién no. Ese hombre, enamorado.

-Sí –Me dijo como si me leyese el pensamiento –, estoy enamorado. Yo estoy enamorado. También soy humano, ¿Sabes? Tengo mis sentimientos y mis emociones. Las he tenido siempre aunque no lo parezca. Lo que pasa es que no quería que nadie se diese cuenta. Lo que todos conocéis de mí es un maquillaje, una máscara para protegerme de la sociedad que te corrompe por dentro. Pero, si no puedes con tu enemigo, únete a él. He estado muchos años oculto tras un personaje que no era yo, mi alter ego, una parodia de mí mismo que se me ha ido de las manos de tal forma que mi auténtico yo se ha reducido a cenizas.

No sé cómo reaccionar a esto. Harry se está desnudando para mí, pero no como solía hacerlo, sino de una forma más personal.

-He tenido miedo de ser yo. Siendo yo, no he sido aceptado. Nunca. Y si lo he sido, ha sido por poco tiempo, tan poco que ni lo tengo en cuenta. Cuando empecé a dejar de ser Darren para ser Harry, mi vida comenzó a cambiar.

¿Darren? ¿Harry se llama Darren?

-Darren Brown –Me confirmó para interrumpir mi pensamiento –. Mi nombre de pila es Darren Brown. Harry manda sobre Darren, sin darse cuenta de que sigue siendo el mismo Darren de siempre, con sus mismos miedos. Yo olvidé eso. Me olvidé de Darren. Olvidé ser yo. ¿Recuerdas que una vez te dije que sólo existen dos tipos de persona: Los que eligen y los que son elegidos? Pues yo soy un elegido que aparenta elegir. Si te das cuenta, yo nunca he dicho que no a ningún tío que se me acercase, pero mi personalidad de diva superficial dice todo lo contrario. ¿Sabes por qué? Porque así siento que Darren ha muerto. Siento que atraigo a alguien, siento que me quieren devorar y que tengo en mi mano lo que desean. Me siento deseado. Nunca nadie ha deseado a Darren, pero sí a Harry.

Se levantó para encenderse un cigarrillo en su larga boquilla negra y plateada y continuó con su historia.

-Viví y crecí en una casa de campo donde me criaron mis tíos, pues yo no era un niño deseado, ni por mis padres ni por nadie. Cierto día me decidí a coger la vida por los cuernos y a enfrentarme a ella cara a cara. Entonces me mudé a la ciudad, cosa que fue muy fácil porque no me dolió a mí ni a los que dejaba atrás. Fue como una liberación. Entonces decidí cambiar mi nombre y mi apellido, porque pensaba que ya no me pertenecían, pues fueron dos cosas que no decidí por mí mismo y ahora era el momento de saber qué hacer con mi vida y de qué manera llevarla. En esos momentos, vivía en un pequeño piso que tenían mis tíos en un sitio céntrico, pero como han sido siempre tan rústicos, nunca dejaron el campo y lo tenían abandonado. Mi tía, que era la única que se preocupaba por mí, se encargaba de darme algo de dinero para mantenerme mientras yo empecé a trabajar en diversos sitios. Recuerdo esa etapa de mi vida como ‘Vivir para trabajar’, pues no hacía otra cosa.




>>Cuando mi tía murió, murió con ella lo único que me quedaba de mis auténticas raíces. Yo siempre creeré que la mató mi tío, pues dos días después, se lo encontraron muerto en el salón. Se suicidó. Y no preguntes por qué, pero tengo la sensación de que fue él. Todavía sigo yendo a visitarla cuando puedo y a dejarle la lápida tan bonita como ella se merece. ¿La de mi tío?, me da igual. Pues bien, con la muerte de mi tía, apareció en mi vida un gran bache del que tuve que salir yo solito. Tuve que irme a vivir con una familia para la que trabajaba para así poder alquilar el piso en el que estuve viviendo y así ganar más dinero.  Hasta que conocí al señor Johnson, un señor muy simpático y adinerado que me ayudó (más bien a Harry) a ser la persona que soy ahora. Él me pagaba por hacerle compañía y me recomendaba a sus amigos, los cuales me daban todos los caprichos habidos y por haber. Ahí fue cuando Harry floreció. Me movía por el mundo del vicio y del glamour. Estaba rodeado de perfumes caros y joyas. Yo era un jovencito con mucha labia y saber estar que sabía hablar de cualquier tema y agradaba a esos señores. Sólo tenía que darles lo que querían y hacer el papel de que me gustaban. Lo demás, lo tenía todo resuelto.

Hizo una pequeña pausa para servirse un coctel. Cogió dos copas impares que estaban por el suelo, las limpió un poco y vertió en ambas el contenido de una coctelera que había en una silla. Volvió a acomodarse con la copa en la mano y continuó.

-Cuando tuve el dinero suficiente, el señor Johnson me buscó este piso, un pequeño piso para mí solo en un sitio más céntrico que el anterior, con pocos vecinos para poder hacer mis fiestas de encuentro con los chicos más ricos de América sin apenas molestarlos. ¿Recuerdas la primera vez que asististe? Estabas asustado. Me parece que ese día fue el que un marine se enfrentó con un bombero y me tuve que escapar por la ventana del baño porque al señor Steven le daba miedo los ruidos fuertes y esa noche tenía pensado servirme de sus dotes para pasar el rato. Oh, claro que fue ese día. Cuando volví, tú estabas hablando con el señor Marshall e hicisteis buena amistad.

-El señor Marshall es un pesado –Dije al escuchar ese nombre, sin pensarlo –. Le odio.

-Yo también le odio. Pero sólo le odio cuando se bebe. Chico, qué hombre tan pesado. Me sé sus hazañas jugando al croquet de memoria. Y creo que la mitad de sus cacerías son inventadas. Me han dicho que apenas sabe montarse en el caballo, y con ayuda. Yo sigo sin entender esas tradiciones inglesas de jugar al croquet e irse de caza a caballo. No le veo ninguna diversión.

-Yo tampoco, parece del siglo pasado.

-Volvemos a coincidir en algo. Oh, Fred, realmente somos muy parecidos tú y yo. No sé qué haría sin ti.

-Todavía no me has contado tu enamoramiento.

-Cierto, pero primero quería que supieses mi historia para que así lo entendieses todo mejor.

Me da la sensación de que eso no es del todo así, sino que necesitaba decírselo a alguien para desahogarse después de tantos años oculto. Volvió a encenderse otro cigarrillo.

-Pues todo comenzó con una de mis últimas fiestas de solteros de oro, que recuerdo que vino el señor Johnson después de mucho tiempo sin aparecer.  Esa noche tuve otra sorpresa: Alfred, un chico de 22 añitos recién cumplidos con ansias de deseo. No sé cómo llegó hasta allí ni quién lo había invitado, pero para mí fue como un ángel caído del cielo. Era un chaval que sólo buscaba ir de flor en flor sin ninguna intención de encontrar el amor ni nadie que lo ate. Un Harry White sin ningún Darren Brown que ocultar. Esa noche lo invité a pasarla conmigo. Después escaparnos de la fiesta, fuimos a dar vueltas por toda la ciudad. Recuerdo que yo llevaba unas plataformas blancas y un fular de marca a juego con la pajarita. Estuvimos toda la noche riendo y hablando como dos adolescentes enamorados. Vimos juntos el amanecer. Días después, volvimos a quedar para tomar unos cócteles y así fue pasando el tiempo. No llegamos a mucho, la verdad, las ilusiones me las hice yo solo. Él no me prometía nada, fui yo el que se enamoró de él y de su indiferencia. Todo empezó a olerme mal cuando comenzó a fijarse en algunos de mis anteriores conquistas y me iba diciendo que tenía ganas de hacer una serie de cosas con ellos que a mí ni me insinuaba hacer. Pero lo peor estaba por llegar. Anoche, como de costumbre, fui a visitar al señor Johnson a su casa. Cuando llegué, la puerta estaba encajada. Claro, me asusté, pues ya es un señor que está mayor y le tengo mucho aprecio. Entonces entré, pobre ignorante de mí, y voy yo con el cuerpo cortado y un susto que me recorría toda el alma y abro la puerta de su cuarto. Me encontré la impactante imagen del señor Johnson desnudo con Alfred enganchado a él por detrás dándole duro.
>> Créeme, fue algo traumático para mí. La persona que me sacó de aquel mundo de barriobajeros y muchedumbre y ha hecho que sea lo que ahora soy tirándose al chico que me gusta. Y no creo que haya sido por su propia voluntad, sino que Alfred le convenció. Claro que yo sé que el señor Johnson ha tenido sexo con más personas y a mí no me ha importado, pero esto ya era demasiado sobrenatural. Estamos hablando del chico que me gusta. No, no sólo el chico que me gusta, sino el chico que me tiene loco. ¿Sabes por qué? Porque es la persona que yo siempre he querido ser sin tener que ocultar otra. No quiero decir amor porque es ya un término mayor, pero puedes imaginarte más o menos de qué van las cosas. Pues ese mismo chico, esa pequeña zorra escurridiza que me utilizaba para tener mis contactos y ligarse a mis ligues y tirarse al señor Johnson, que para mí es como si fuese mi segundo padre. Lo más repugnante de ese chico fue que, después de todo, me dijo que yo no era su tipo. Maldito cabrón.

No sé qué decir en este momento. Claro que esa escena debió ser frustrante y que lo ha tenido que pasar mal, pero no sé qué palabras decir para animarle. No sé si tengo que criticar a Alfred o decir que el pobre señor Johnson no tenía la culpa de nada. Entonces me levanté y fui a abrazarle. Él me devolvió el abrazo y cerró los ojos. Y me besó en el cuello. Sonrió.

-¿Y por qué me he enamorado de semejante mamarracho y nunca antes me había enamorado de ninguno de aquellos señores mayores? - Dijo alzando la cabeza, que tenía apoyada en mi hombro - Pues porque aquel hijo de puta era un monumento griego y me daba un morbo que los demás no me daban. Y ese morbo ha acabado rajándome. Ahora, por culpa de ese pedazo de mamón, estoy tirado aquí, hecho una mierda y llorando. Yo, Harry White llorando por un tío. Yo, que me he acostado con los hombres más importantes de América y los que me quedan por probar. ¿Qué vivo en una mentira? ¿Y qué? Así soy feliz. El fin del ser humano es encontrar su propia felicidad, ¿Verdad? Y yo he pasado de ser una rata de alcantarilla a una joya deseada. Esa es mi propia felicidad. Pero no he de olvidar al viejo Darren y aprender de mis errores del pasado para no volver a cometerlos en un futuro. Voy a ser un Harry White con un poco más de Darren Brown. ¿Y sabes qué? Me voy a levantar, me voy a duchar y me voy a poner mi mejor ropa, la más cara y voy a salir a la calle a comerme el mundo. Y que les den por el culo a los demás, que le den por culo a Alfred. Él va a perder más que yo. Él no es un Harry White, es sólo una parodia de Harry White que nunca llegará a ser como él. Porque Harry White es único e inimitable. Esta noche te invito a cenar, Fred. Sólo tú y yo. 

Y se levantó de un salto. Ya se le había desvanecido toda la tristeza. Se había ayudado a él mismo, sólo le hacía falta alguien a quién contárselo y desahogarse. Yo no hice nada. Seguía sin saber qué decir, sucedió todo demasiado rápido y estaba sin palabras.


-Te quiero mucho, Fred –Me dijo al oído mientras me abrazaba –. Gracias por todo. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Orgullo hetero.

  A día de hoy, todo el mundo habrá oído hablar del día del Orgullo Gay. Seguro que la gran mayoría también ha oído el comentario de: “Pero si hay un orgullo gay, ¿Por qué no hacen un día del Orgullo Hetero?”. Ese es el tema del que quiero hablar.

Para empezar, ¿Sabéis por qué se origina este día conmemorativo al Orgullo Gay?

El inicio de esta festividad nos sitúa en 1969, Nueva York, en un pub conocido como Stonewall Inn.
Anteriormente, los gays y lesbianas estadounidenses debían enfrentarse a un sistema legal mucho más hostil con los homosexuales.
Grupos homofóbicos perseguían a los homosexuales, tanto en la calle como en los medios de comunicación, diciendo que ser homosexual era ilegal, que no formaba parte de la sociedad y que se podía curar.

También hacían terapias con los homosexuales, dándoles descargas eléctricas cuando les pasaban imágenes de hombres semidesnudos. Muchas personas no llegaron a ser las mismas. Esto, a muchos les produjo un trauma y daños cerebrales. Otros no corrieron la misma suerte y murieron en el intento.

Los homosexuales eran perseguidos, acosados, insultados, desterrados de la sociedad y de lo “normal”. Pocos eran los locales en los que admitían a personas homosexuales. Stonewall era uno de esos locales.
A ese local iban los desterrados de la sociedad: Los drogadictos, los gays, las lesbianas, los travestis y los afeminados. El deshecho, los que nadie quería, los que en otros sitios no eran admitidos.

Aunque la entrada al pub estaba muy cuidada para que no entrasen policías, como mínimo, una vez cada mes los policías hacían redadas y entraban al pub por la fuerza para echar a la gente fuera o arrestarlos.

A la 1:20 de la madrugada del sábado 28 de junio de 1969, policías, detectives y un subinspector entraron en el pub por fuerza y bloquearon todas las salidas. Esa noche, los presentes en el pub se negaron a ser arrestados.
En la puerta del bar, una muchedumbre de neoyorquinos curiosos y personas a las que echaron del bar miraban con interés lo que estaba sucediendo. De pronto, la policía empezó a usar la fuerza bruta y todos salieron en ayuda de todos, en contra de la policía.

Fueron arrojados contra el edificio contenedores de basura, botellas, piedras y ladrillos, por lo que se rompieron las ventanas. Las puertas fueron abiertas de par en par y los agentes apuntaron con sus armas a la masa furiosa, amenazando con disparar. Alguien echó un chorro de combustible dentro del bar y le prendió fuego.


Ahora decidme, ¿Este es el modo de tratar con personas?

Al siguiente año, se empezó a hacer una manifestación a favor del Orgullo Gay, recordando así el desastre en Stonewall, para que así su recuerdo se haga inmortal y todos recordemos lo que sucedió aquella noche de 1969.

-Pero, ¿Los homosexuales no quieren igualdad? ¿Por qué hacen un día sólo para ellos?

Para ser iguales primero hay que ser diferentes. ¿Cómo si no llegó la mujer a tener derecho a voto? ¿Y las personas de color tener los mismos derechos que las personas blancas?

Las mujeres han sido maltratadas, puestas en segundo plano, sólo para satisfacer las necesidades del hombre. Han sido objeto sexual, han sido las que mantenían limpia la casa, las que cuidaban a los niños y las que le hacían la comida al marido. Sólo servían para eso, no podían llegar a más. No podían ni estudiar.
Y no hay que irse muy atrás en el tiempo para recordar esto, sólo hay que irse al siglo pasado. Y ahora, en el siglo XXI parece que ya se trata con normalidad, aunque todavía siguen habiendo hombres que traten a las mujeres como sus criadas y mujeres que crean que eso es lo cierto. El Día Internacional de la Mujer (8 de Marzo) conmemora la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo íntegro como persona.
Al igual las personas de color, que incluso en los autobuses tenían que estar separadas de los blancos.

Ambos han sido tratados como seres inferiores. Tras mucho esfuerzo, guerras sufridas, personas caídas y manifestar sus derechos, han conseguido lo que querían: Que las tratasen como personas normales.

Eso es lo que se quiere conseguir con el Día del Orgullo Gay, que los traten como personas normales.
Muchos dirán que ya se les trata, pero no es cierto. Muchos se siguen escondiendo, sufriendo maltratos e incluso se suicidan. Es un acoso muy grande el que se tiene al colectivo homosexual. Tanto, que se tiene el término “homosexual” como un insulto. Es como si “mujer” fuese un insulto.

Nosotros ahora vemos a las mujeres como iguales, pero la sociedad sigue sin ver a los homosexuales de mismo modo, por eso siguen manifestándose, para que se les trate como a un igual.

Muchos lo ven como una excusa para salir travestidos y medio desnudos a la calle, como una fiesta para emborracharse y pasar el rato. Pero no es así, es una manifestación en la que los homosexuales reclaman sus derechos para ser vistos como personas normales, para que los respeten al igual que ellos respetan a los demás, porque todavía no está bien visto que dos personas del mismo sexo se den un beso o se cojan de la mano por la calle.

¿Llegará el día en el que ser homosexual esté igual de aceptado en la sociedad que ser mujer o ser de color? ¿Aprenderán a respetar al que no es igual que tú? Son pequeñas las cosas que nos diferencian. ¿Por qué le dan tanta importancia?

Y ahora, ¿Sigues pensando que hace falta un día del Orgullo Hetero?

viernes, 8 de junio de 2012

Chilogwarts.



2
Andros de Montmorency


La mano de Isabel temblaba. Por un momento creyó que podría ser su marido, pero esta figura era alta y delgada, muy diferente a como era su marido.
Entonces la puerta se abrió poco a poco.

-Disculpen las molestias.

La cabeza de un señor alto y delgado con una túnica morada apareció tras la puerta de la cocina. Éste tenía la cara redonda y lucía una larga melena blanca, donde a mitad, una cadena dorada le hacía una coleta.
Tenía unas cuantas arrugas, y los cachetes sonrosados. Sonreía de una forma agradable. Tenía una voz dulce.

-¿Qui… quién eres? No le conozco.

-Oh, ¿Dónde están mis modales? Permítame que me presente. Soy el profesor Andros de Montmorency, director del colegio Chilogwarts de Artes Hechiceras. Un gusto en conocerla personalmente, señora Isabel – dijo el desconocido entrando en la cocina y extendiendo la mano. La señora Isabel le estrechó la suya con un poco de miedo. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Cómo sabía que vivía ahí?

Joseph se sobresaltó. Entonces recordó que exactamente ese nombre aparecía en todas sus cartas.

-Mu… mucho gusto, señor Andros – Isabel estaba un poco asustada -. ¿Desea usted tomar asiento?

-No, muchas gracias. Tenemos muchas cosas que hacer. Ah,- dijo Andros girándose hacia Joseph- este es el señor Naranjo. Mucho gusto, señor – dijo mientras le daba palmaditas sobre el hombro.

Andros le estrechó la mano a Joseph. Joseph estaba extrañado. ¿Tenían muchas cosas que hacer?

-Siento haberla asustado de esa forma, señora Isabel. Créame que lo siento mucho. He tenido que venir yo mismo para poder explicarle el tema de las cartas. Parece ser que no les quedó del todo claro a ninguno de los dos... Creo que andabais un poco confundidos. La próxima vez intentaré ser más preciso.

Las tostadas de Joseph ya estaban listas.

-¿Es su primer hijo en Chilogwarts?

-Sí… claro. –Isabel seguía confusa.

-Bien, puede estar bastante orgullosa de su hijo. Seguro que será un buen mago.

-Pero… ¿Cómo puede ser un mago? Nosotros… no hemos hecho nada.

-No hay que hacer nada para ser mago, simplemente hay que nacer siéndolo. ¿Recuerda que le haya pasado alguna vez algo a su hijo que no pueda explicar?

-Bueno… algunas cosas… - Isabel se quedó un rato pensando. Después, volvió a hablar- Hubo una vez que lo dejé en el colegio y al volver a casa me dijo que sabía donde estuve, y acertó. Otras veces estuvo en peligro y salió ileso, pero eso son cosas de niños. Pero vaya sustos que nos hemos llevado.

-Los niños pequeños son muy inocentes y frágiles. Su hijo no es como los demás, su hijo es especial. Y creo que será grande, muy grande. Tiene talento, lo sé.

-¿Cómo sé que no nos estás mintiendo? – Dijo Joseph levantándose de la silla - ¿Cómo sé que esto no es una broma y que se está quedando con nosotros?

El profesor Andros sonrió.

-Tiene carácter el chico. Está bien eso de no fiarse de nadie, hoy en día uno no está seguro en ningún sitio. Bien, ¿cómo puedo demostrar entonces que le estoy diciendo la verdad?

Joseph volvió a sentarse y cruzó los brazos, mirando a Andros a modo de reto.

-Aún no he desayunado y tengo bastante hambre.

Después de decir eso, las tostadas recién hechas salieron volando. También un plato salió de su sitio. Las dos tostadas se colocaron encima. Entonces, un cuchillo pequeño que estaba en la mesa empezó a levitar también, buscando el tarro de la mantequilla. Este parecía estar jugando al escondite, pues esquivaba al cuchillo. Después de un rato de persecución por la mesa, el cuchillo adelantó al recipiente  y cogió la mantequilla. El plato se posó sobre la mesa y el cuchillo empezó a untar mantequilla en las tostadas.
Seguidamente, un vaso también levitó de donde estaba. Se abrió el frigorífico y salió una jarra de zumo de melocotón. La jarra se vertió  en el vaso mientras ambos flotaban. Después, la jarra volvió al frigorífico y el vaso se posó en la mesa.

-Es así como te gustan, ¿verdad, Joseph?

-Esplendido, maravilloso. Lo siento, señor…

-No pasa nada. Te comprendo, chico.

Joseph no lo podía creer. Miraba su desayuno muy atento. Debía estar soñando.

-Deberías comer ya antes de que se enfríe. Y usted señora Isabel - Andros volvió a mirar a Isabel, la cual tenía la boca abierta y parecía que no creía lo que estaba pasando -, al ser el primer hijo mago que tiene, me veo en la obligación de resolverle todas las dudas que tenga. No quiero obligarla a que haga algo que no quiera, pero quiero que conozca dónde estudiará su hijo, en el caso que usted le de permiso para estudiar en nuestra escuela. No le costará nada, y después de la visita, podrá barajar tranquilamente las opciones que tiene.
Isabel dudó un poco. Al rato empezó a hablar.

-Ya tiene su casa en Sevilla, con sus dos hermanos. Ya está inscrito en un bachiller, y ya tiene su cuarto hecho allí. Y bueno… ¿Dónde está su colegio? Eso no viene en la carta. ¿Y si mi hijo se pierde yendo y viniendo?

-Tranquilícese, señora. El colegio está más cerca de lo que usted piensa. Está situado a las afueras de Sevilla, pero se accede por un pasadizo que está dentro de la ciudad, para no llamar la atención. El colegio es interno, y podrá salir para las vacaciones. De todos modos, si no estudiase allí, no lo vería diariamente. Sería lo mismo.

-¿Podría ir a visitarle al menos?

-Usted al ser una persona no mágica tendría más dificultades, pero puede mandarle una lechuza cada vez que quiera, y podrá asistir a reuniones y a galas especiales, como cualquier padre. No se crea que es la primera persona a la que le pasa esto. Muchos hijos de muggles  han asistido a Chilogwarts.

-¿Qué significa “muggle”?

-Es como nosotros definimos a la gente no mágica, como usted. No es un término ofensivo, no se preocupe.
>Créame que su hijo estará a salvo con nosotros. Estando dentro de los terrenos del colegio, no puede pasarle nada malo. Está todo vigilado y hechizado. Además, contamos con los mejores profesores en el bachiller de magia.

¿Bachiller de magia? Era la primera vez que Joseph escuchaba ese término.

-¿Y cuánto me costará todo esto? No disponemos de mucho dinero.

-De eso no se preocupe. Podemos cambiar el dinero muggle a dinero mágico. El dinero muggle es más caro que el mágico, así que con lo que se gasta usted en un libro de texto normal, se lo puede gastar en cuatro libros mágicos, siete plumas, dos tinteros y varios royos de pergamino.

-¿Y cómo me pongo en contacto con usted? Si pasase algo malo…

-Recibirá una lechuza inmediata, de eso puede estar segura.

Pero Isabel no estaba acostumbrada a recibir lechuzas, así que esa idea no le resultaba del todo buena.

-Bueno, creo que va siendo hora de visitar la parada – dijo Andros mirando una especie de reloj de pulsera dorado que tenía en la muñeca, pero Joseph pudo apreciar que este no tenía números ni manecillas, sino unas extrañas letras que se movían. 

-Pero… estamos en pijama – dijo Joseph –, así no podemos ir a ningún sitio.

-¿Ese atuendo es el pijama? ¡Vaya! Sorprendentes estos muggles… ¿Tardáis mucho en vestiros? Nuestra cita es dentro de diez minutos.

La señora Isabel fue corriendo a su cuarto a ponerse algo de ropa. Joseph se dirigió a su cuarto y se puso una camiseta gris, unos pantalones cortos y unas zapatillas de deporte negras. Se vistió lo más rápido que pudo. Después, fue al cuarto de baño a lavarse la cara y peinarse. Allí se topó con su madre, que se estaba pintando los labios.
En el sofá del salón, esperaba Andros, mirando con interés la televisión apagada.

-¿Nos vamos ya? – preguntó Isabel dirigiéndose a la puerta.

-Claro, ¿Dónde va? No se escape, tenemos prisa.

Isabel se preguntó por dónde quería ir Andros. Esperaba que no pensase en salir volando por el patio.

-Agárrense de mi brazo.

Un segundo después de hacerlo, sintieron un gran fuerte huracanado que les hizo cerrar los ojos. El salón de su casa acababa de quedarse vacío.
Al abrir los ojos, Isabel, Joseph y Andros se encontraron en un sitio conocido. Se encontraron en un pequeño pasillo, que desembocaba en una gran sala con cuadros pintados al fresco en la pared, donde debajo de aquellos cuadros, había una serie de taquillas. Era una estación de autobuses, justamente la estación de autobuses del Prado de San Sebastián, de Sevilla.

-¿Desde aquí se coge el autobús? ¿Qué andén es?

-Por aquí, sígame.

Andros se movía entre unas pocas personas que le miraban con cara extraña. Aquellas personas no parecían estar acostumbradas a ver a un señor mayor con túnica.
El profesor de Montmorency salió al patio donde se suponía que se cogían los autobuses, pero no se dirigía a los autobuses, sino a su izquierda. Isabel y Joseph lo siguieron, sin saber a donde iban. Pasaron por detrás de una columna en obras y allí, escondida, había una máquina de hacer fotografías. Andros corrió la cortina roja y se metió dentro. Isabel y Joseph lo siguieron, creyendo que iban a hacerse una foto para recordar el momento o algo así.
Los tres entraron como pudieron. Andros sacó de su túnica un a varita larga y delgada. Después golpeó tres veces la pantalla que había delante suya y dijo:

-Granizada de fresa.

Después de haber dicho esto, la pantalla desapareció, junto a toda la  pared de enfrente. El señor de Montmorency se dirigió hacia el pasadizo y Joseph y su madre lo siguieron.

Al atravesar aquel sitio, se encontraron en otra parada de autobuses, pero muy diferente a la anterior.
Esta parada era mucho más pequeña. Parecía que a esa parada sólo le pertenecía un autobús.
Joseph pudo apreciar que se situaban en medio de un campo muy grande y sin cultivar, donde sólo estaba aquella pequeña estación a muchos kilómetros a la redonda, rodeada de unos pocos árboles y setos. Era como una vieja casita de campo, de piedra, aunque sólo contaba con una ventana enorme y una pequeña puerta. Joseph suponía que era allí donde tenía que comprar el ticket.

Encima de la gran ventana había un cartel de latón que ponía: “Andén 33”.

-Bueno, ya conoces la parada del Andén 33. Aquí es donde su hijo tendrá que coger el tren hacia Chilogwarts. Usted puede venir a acompañarlo para despedirlo – dijo Andros de Montmorency con una pequeña sonrisa.

-¿Tren? – Dijo Joseph un poco desconcertado - ¿Esta es la parada de un tren? ¿Y dónde están las vías?
-¿Para qué tenerlas puestas ya si todavía es pronto?

De repente, Joseph se imaginó a un montón de hombres poniendo las vías del tren el día antes de partir, y quitándolas el día después. Entonces supuso que sería por arte de magia.

-Entonces, ¿Ahora tenemos que ir en tren hacia el colegio? – preguntó Isabel un poco aturdida.

-Tendríamos que esperar hasta el 1 de septiembre para poder coger el tren. Ese tren sólo pasa para la ida y para la vuelta –comentó de Montmorency mirando hacia el horizonte -. Sin olvidar las vacaciones, y también hay casos especiales en los que necesitamos hacerlo aparecer para que algún gamberrillo se vuelva o para casos más serios, pero no suele ocurrir.

-¿Y cómo vamos entonces?

-Agárreme del brazo, señora Isabel. ¿Joseph?

Ambos hicieron lo que se les ordenó, y en un abrir y cerrar de ojos, aparecieron en otro sitio diferente.
Se encontraron frente a un edificio grande, pintado de colores blanco, beige y salmón. El edificio presentaba dos gigantescas torres, y se apreciaba varias plantas con techos elevados y pequeñas ventanas dispersas por todas partes y varios balcones.
Este edificio se situaba encima de rocosa elevación.  De la que suponía que era la puerta principal, salían unas escaleras que serpenteaban entre las rocas de la entrada y desembocaba en un pequeño lago. Joseph vio que por detrás del edificio había una gran llanura que se extendía hacia el infinito.
A la derecha del edificio se encontraba un bosque muy frondoso, con pinta de tenebroso.

Joseph parecía encantado con aquel sitio. Andros miraba a Joseph con orgullo. Sin embargo, la expresión de Isabel no era la misma.


-¿Dónde se supone que está el colegio?

-Ahí, mamá, ¿Acaso no lo ves? Es enorme, como para no verlo.

-Yo sólo veo… una montaña, un lago y un bosque allí – dijo Isabel señalando al bosque, con una expresión extraña, como si no entendiese nada de lo que estaba pasando.

-¡Ah! Lo olvidaba. Lo siento, señora Isabel. No recordaba que usted era muggle.

De Montmorency chasqueó los dedos, de donde salieron unas chispas, como si se tratase de una bengala. Entonces, la expresión de Isabel volvió a cambiar. Ahora estaba como asustada. No era para menos, pues donde sus ojos muggles habían visto sólo una montaña, de pronto vio como de entre las piedras se elevó de pronto todo el edificio, como de un salto, y aterrizó limpiamente sobre la montaña sin hacer ningún tipo de ruido.
Isabel parecía anonadada. En ese momento, no sabía cómo actuar. Sólo quedó boquiabierta durante un rato.

-Bien, ¿Entramos? – Preguntó Andros con su típica sonrisa en la cara. 

sábado, 2 de junio de 2012

Chilogwarts.


1
La carta desconocida


Aquella mañana de lunes fue como cualquier otra mañana de verano en el pequeño pueblo de Sinojos. Los rayos del sol de aquel fresco día entraban por la puerta abierta del balcón de una vieja casa de dos plantas. Eran las once de la mañana y la señora Isabel, como de costumbre, seguía limpiando la sala de estar. La señora Isabel era una señora de unos cincuenta años muy bien cumplidos, pues parecía que tenía menos. Y eso que no era muy alta, ni tampoco tenía una figura muy estilizada, era una señora normal, de pelo ondulado y moreno, de baja estatura y un poco rellenita, con unos mofletes rosados y ojos marrones verdosos. Siempre llevaba unos pendientes de oro, pues los pendientes malos les daban alergia. Pero eso no significa que se tratase de una familia rica.

La señora Isabel, como cada mañana, estaba dispuesta a sacar brillo a aquellos muebles blancos, los cuales aún seguía pagando y ya estaban un poco desgastados. Los compró por necesidad, pues los muebles anteriores los tenía desde que se casó, hacía treinta años, y estaban apolillados y un poco rotos, si no, la señora Isabel no haría tal gasto, a su parecer, innecesario. “Si aún sirve, ¿Para qué comprar otro?”, “Hay que sacarle partido hasta el último momento” y “Hay que saber administrar el dinero” eran unas de sus frases favoritas cuando se trataba de hacer compras. Nunca habían disfrutado de una buena economía y de siempre ha tenido que gastar lo justo, pero esos muebles hacían falta cambiarlos. Cuando uno se sentaba en una silla, lo mismo crujía que se doblaba o se partía. Cuando se abría un mueble, te podías quedar con el pomo en la mano y seguía cerrado.  Esa compra fue necesaria.

Isabel parecía feliz aquella mañana. Mientras limpiaba, cantaba algunas coplas y sevillanas. No le importaba que cantase tan mal, ella estaba feliz y lo demostraba así.
Hacía poco más de medio año que se acababa de divorciar, y parecía que todavía estaba un poco afectada. Isabel no habría hablado de este tema con nadie que no fuese sus hijos o sus mejores amigos, pero ese lunes, no le faltaban ganas de gritar por el balcón que era feliz.

Isabel tenía tres hijos: Luis, Rocío y Joseph. Luis trabajaba de peluquero en una peluquería para gente adinerada. Rocío estaba licenciada en periodismo, y aunque seguía estudiando un doctorado, trabaja en todo lo que podía, tanto de animadora infantil como profesora de clases particulares.

Esto era una ayuda económica para Isabel, pero tampoco podía pedir mucho, pues  ambos vivían juntos en Sevilla y tenían que pagar un piso que compraron a muy buen precio. Apareció como por arte de magia, justo cuando lo necesitaban.
El último hijo, Joseph, acababa de terminar cuarto de la ESO (también como por arte de magia, aunque había repetido ya una vez), y este año, tendría que irse con sus hermanos a estudiar bachiller en Sevilla. Al principio no le hacía mucha gracia eso de vivir con sus hermanos, pues él era justamente lo contrario a ellos, tanto en gustos como personalidad. Sus hermanos conocían a todo el mundo, él conocía su propio mundo.

La señora Isabel entró en el cuarto de Joseph, el cual seguía dormido. Sin hacer ruido, abrió las dos puertecitas de la ventana, dejando que los rayos del sol pasasen a través del cristal y diesen contra la pared de papel pintado con estampados barrocos en blanco y negro. El centro de esta pared estaba coronada por un gran cuadro dorado con una foto de Marilyn Monroe. Las otras tres paredes eran de color verde aguamarina. 

Poco a poco se distinguían dos camas, una de las cuales estaba habitada por el cuerpo dormido de Joseph, que se retorcía al notar que habían abierto la ventana.


-Buenos días – dijo Isabel muy sonriente -. Parece que anoche volviste muy tarde, ¿no?

Joseph levantó la cabeza y abrió un ojo.

-Sólo eran las cuatro y media. Los padres de Violeta estaban fuera y nos invitó a la piscina, ya te lo dije. Creo que fui el primero en irme. Demasiado temprano volví.
-No haríais mucho ruido, ¿verdad? – preguntó Isabel mientras barría debajo de la cama.

-No… - dijo Joseph apartándose parte de su largo flequillo de la cara –, creo que no. Robert, el novio de Violeta, se llevó la guitarra eléctrica y tocó un poco, pero no mucho. Además, los amplis estaban dentro y desde fuera no  lo oirían los vecinos, y la música tampoco estaba muy alta. De todos modos, sabes que Violeta no es que tenga muchos vecinos.

La casa de Violeta era una de las últimas casas del pueblo. Estaba a la izquierda de la Iglesia, en una calle que daba hacia una plaza. En frente de su casa, estaba el cuartel de la policía, y a ambos lados, dos casas donde vivían ancianos que estaban medio sordos.

Los padres de Violeta eran médicos y tenían una casa muy grande de dos plantas y un inmenso patio con piscina, con vistas hacia la torre de la Iglesia. Una vista preciosa, aunque los padres de Violeta eran ateos.

-¿Bebisteis mucho? – preguntó Isabel como la que no quiere la cosa.

-Mamá…

Isabel miraba a Joseph por el rabillo del ojo mientras enseñaba una pequeña sonrisa.

-No tienes por qué mentirme. Yo sé lo que es tener diecisiete años y una casa sin padres. También he sido joven, ¿lo sabías?

-Aún lo sigues siendo, mamá – dijo Joseph bostezando mientras se daba en los ojos con las manos -. Bueno, entre todos pusimos dinero y compramos varias botellas, más las cervezas que puso Violeta.

-Entonces lo pasasteis bien, ¿no?

-Sí, fue muy divertido. Violeta y yo preparamos una mesa fuera con cócteles de frutas y cosas para picar; los gemelos Pam y Abraham colocaron velas y sábanas blancas por el patio; Robert y Jesús hicieron la comida en la barbacoa, y la prima Mac y Sofía fueron a por pétalos de rosa y limones para tirarlos a la piscina.

-¿Limones y flores en la piscina? ¿Y después quién limpió todo eso?

-Mamá, siempre pensando en lo mismo… Hoy vamos a ir a almorzar allí y después nos ponemos a limpiar. Los gemelos se quedaron con Robert y Violeta esta noche allí.

-Pues si vas a ir a almorzar, levántate ya, que son ya casi la una, y te tendrás que duchar.

Joseph era un chico pequeño para su edad, de pelo largo y ondulado como el de su madre. Lucía una pequeña perilla, sin la cual, parecía que tenía menos años de los que, aun teniéndola, aparentaba tener. Si con ella aparentaba tener dieciséis, sin ella aparentaba catorce. Su estilo de vestir era bastante informal, cosa que su hermano Luis no toleraba.

Cuando se dispuso a hacer la cama, oyó un ruido que le hizo sobresaltarse. Era como un picoteo en el cristal de la ventana de su cuarto. Con una mezcla de miedo y curiosidad, se acercó a la ventana y la abrió completamente. Detrás de ella, se encontraba una lechuza blanca con manchas negras, la cual sostenía con el pico una carta escrita con un sello rojo donde se podía leer:

Sr. J Naranjo, Segundo cuarto, Francisco Diego 55

No ponía de dónde venía, sólo el destinatario. La lechuza batió las alas, lo cual sobresaltó aún más a Joseph, y se puso a volar en dirección al norte.
Joseph no sabía lo que hacer. Por un momento creyó que iba dirigida a su padre, pues se llamaba igual que él, pero no podía ser porque al divorciarse, adquirió los apellidos de la madre.
Entonces se decidió a abrirla. Del sobre sacó un pergamino, el cual estaba escrito con una caligrafía estupenda de color verde esmeralda. Joseph se dispuso a leer la carta.

EL COLEGIO CHILOGWARTS DE ARTES HECHICERAS

Un momento… ¿Había leído “magia”? Joseph se limpió los ojos con las manos y continuó leyendo.

Director: Andros de Montmorency 
(Orden de Merlín, Primera Clase, Gran Hechicero, Mago en Jefe, Supremo
Votante Independiente, Confederación Internacional de Magos)

Joseph pensaba que todo esto era parte de una broma. Aun así, continuó leyendo.

Estimado señor Naranjo:
Nos complace informarle que se le ha concedido una plaza en el Colegio Chilogwarts de Artes Hechiceras.
Adjunta encontrará la lista de los libros y el material escolar necesarios para el curso.
El curso empieza el 1 de septiembre. Esperamos recibir a su lechuza no más tarde del 31 de julio.

Atentamente,

Bellatrice Lorence
Directora Adjunta

Esto no podía ser verdad, debía tratarse de una broma pesada de algún amigo suyo. En ese momento, Isabel entró en su cuarto.

-¿Te vas a duchar ya? Es que  creo que se está acabando la… - Isabel miró la carta e hizo una mueca extraña - ¿Qué es eso?

-Esto… Nada. Me lo he encontrado.

-¿Dónde te lo has encontrado?

-En la puerta – mintió Joseph. Su madre no habría creído que se lo dejó una lechuza en la ventana, y tenía prisa para darle tantas explicaciones.

-¿Quién te ha escrito una carta?

-No… no es una carta, es publicidad.

-¿Puedo verla? – dijo Isabel acercándose a Joseph.

-Tengo prisa, mamá.

Pero ya era demasiado tarde. Isabel cogió la carta y la leyó.

-¿Quién te ha mandado esto?

-No lo sé, no lo pone. Seguramente sea alguna broma. Voy a llevarla a casa de Violeta para enseñársela. A lo mejor tiene que ver con  la revista a la que nos inscribimos, que manda cada cierto tiempo cosas así.

-Qué raro… pone tu nombre… Colegio de Magia… Tú ya estás inscrito en el bachiller en Sevilla, no vayas a hacerme ahora gastarme dinero en otro colegio – Bromeó Isabel.


Después de ducharse, Joseph corrió a casa de Violeta. Llegaba tarde. Joseph solía ser siempre muy puntual, y estaba obsesionado con la hora. Al llegar a su casa, una chica alta, de pelo negro largo que le caía por los hombros le abrió la puerta. Llevaba puesto un corsé rojo sangre con muchas cremalleras, una falda negra, unas botas militares y muchas pulseras, algunas de pinchos y calaveras.

No parecía tan alegre como solía ser habitualmente. Sus padres habían llegado antes de lo previsto, y habían reñido y castigado a Violeta por ensuciar tanto la casa. Joseph se sintió culpable y quiso ayudarla, pero no podía hacer nada. Entonces se acordó de la carta. Joseph la sacó de un gran bolso marrón que siempre llevaba a todos sitios. La buscó entre pañuelos, gafas de sol, crema solar y revistas varias. Al final, la encontró y se la enseñó a Violeta.

-Qué curiosa – dijo Violeta sorprendida.

-¿No te ha llegado a ti una igual?

-No… - Dijo Violeta con la boca abierta. Parecía que no sabía qué decir.

-¿Quién puede habérmela mandado? Tiene que ser una broma entonces.

-Pues no lo sé, pero está muy bien hecha. Esta caligrafía, este sello de cera, este escudo tan raro… ¿Y si es cierto lo que dice? ¿Y si realmente eres mago?

-Violeta, ¿lo dices en serio? Yo te tenía por una persona más cuerda.

-¿Y por qué no? Bueno, tú tenla guardada y no se la enseñes a nadie por si acaso. Si llega el día 31 de julio y no ha pasado nada como dice en la carta, entonces podrías enseñarla. Es lo que haría yo, por que si fuese real, todo el mundo sabría que soy bruja, y no todo el mundo se lo tomaría de igual forma.

-No puedo creer que me estés diciendo tú esto.

-¿Qué puedo decirte? Ya me gustaría a mí recibir una carta para un colegio de magia y no tener que ir al instituto Montellano, con la de catetos que hay allí.


Esa noche, cuando Joseph llegó a casa, después de cenar se dispuso a buscar un buen sitio para esconder la carta. Realmente pensaba que era una broma, pero, ¿y si fuese real? No querría que todo el mundo se enterase que fuese un mago. De todos modos, no perdía nada si la dejaba guardada.
Esa noche no podía dormir, pensando en la carta. La había leído tantas veces que se la sabía de memoria.

A la mañana siguiente, Isabel despertó a Joseph muy alterada. Parecía asustada.

-¡Niño! ¡Niño! ¡Mira lo que me ha pasado!

Joseph se levantó de un brinco, asustado. Abrió los ojos de golpe y vio como su madre se sentaba en la cama de enfrente. Las ventanas del cuarto estaban cerradas, pero la luz estaba encendida. Isabel llevaba en la mano un puñado de papeles.

-¿Qué te ha pasado, mamá? Qué susto me has dado.

-Susto… ¡Susto el que me he dado yo! Estaba yo en el patio tendiendo tan tranquilamente y se me vienen unos pájaros grandes a posarse en el tendedero. Con la ropa recién sacada de la lavadora… Eso otra cosa, ahora tendré que meterla otra vez, porque me la han descolgado y se ha caído al suelo y…

-Mamá, no te vayas por las ramas.

-Bueno, los pájaros estos llevaban esto en el pico – Isabel mostró un manojo de cartas -. Todas iguales, y todas para ti.

Joseph estaba desconcertado. No creía lo que veía. Sobre la cama tenía un montón de cartas iguales a las que recibió la mañana anterior.

-¿No me dijiste que te la encontraste en la entrada?

-Bueno… Si te hubiese dicho que me la trajo una lechuza, ¿Me hubieses creído?
Isabel hizo un gesto extraño, como dándose cuenta de por qué no le dijo la verdad.

-Creo que voy a ir a la oficina de correos.

-¡Espera! ¿Y si es verdad?

Isabel miró a Joseph con una expresión de inseguridad.

-¿Si es verdad qué?

-Lo que dice en la carta. ¿No te parece extraño que sean lechuzas las que traigan las cartas? Quiero decir… Tú las has visto, yo también las he visto. Los dos sabemos que es verdad lo que ha pasado. ¿Por qué no iba a ser verdad lo que dice?

-¿Cómo vas a ser un mago? Esas cosas no existen.

-Bueno, mamá, tú no hagas nada. Ya se solucionará esto. Tú déjame a mí, verás como esto se soluciona.


El resto del día transcurrió de forma extraña. Joseph llamó a Violeta por teléfono y le contó lo sucedido. Violeta ahora estaba asustada. Pensaba que tenía razón en lo que afirmó el día antes, y volvió a repetir que no le dijera nada a nadie.

Esa noche tampoco pudo dormir tranquilo. Pensaba que a la mañana siguiente se iba a despertar nadando en un mar de cartas, y con eso soñó. Soñó que se despertaba a la mañana siguiente y su casa estaba inundada con un montón de cartas iguales, y se ponía a nadar entre ellas. Saltaba y buceaba en un mar de cartas. Salía a la calle y seguía estando repleta de cartas, pero entonces cayó por una especie de tobogán a toda prisa y él intentaba subir pero no podía. Entonces se despertó del sueño.

Miró a la ventana, que esa noche la había dejado abierta, donde se encontró unos ojos amarillos que le miraban. Se trataba de un gato marrón oscuro, que tenía los ojos clavados en él. Se asustó al verlo, pero después encendió la luz y se dirigió hacia el gato, que seguía en el mismo sitio, sin moverse. Cuando llegó hasta él, se sorprendió de que no hubiera echado a correr, ni se había movido del sitio. Seguía mirándolo directamente a los ojos.

Joseph acercó su mano al gato y empezó a acariciarlo. Empezó a ronronear, y juraría que incluso empezó a sonreír.


-Pobrecito… Vaya susto me has dado, ¿eh? ¿Qué haces por aquí? ¿No te asustan los humanos? Incluso a mí hay algunos que sí, y soy uno de ellos, así que pensé que a ti te tendrían que dar más miedo. ¿Tienes sueño? ¿Quieres dormir aquí o te quieres ir con los demás gatos?

Joseph miró por la ventana, pero no veía más gatos. Entonces se acordó de que vivía en un segundo piso.

-¿Cómo has…? En serio, esto tiene que ser un sueño. Bueno, aunque sea un sueño, quiero que estés cómodo. Voy a ponerte una camita para que duermas tranquilito.
Joseph se volvió hacia la segunda cama de su cuarto, donde no dormía nadie. Había pertenecido a su hermano, antes de que se fuese a Sevilla. Cogió un cojín grande que había sobre la cama y volvió para ponérselo al gato. Cuando fue a mirar por la ventana, el gato había desaparecido.

Entonces rápidamente se asomó por la ventana, con miedo a que se pudiese haber caído al suelo, pero no había ni rastro del gato. Entonces, cerró la ventana y se puso a buscar por el cuarto: por debajo de las camas, encima de los armarios, dentro de los cajones… Pero el gato había desaparecido.

-En fin, volveré a dormir.

A la mañana siguiente, Joseph despertó temprano, algo nervioso, para ver si volvían a aparecer cartas. Salió del cuarto y fue a la cocina a desayunar. Casualmente, su madre se le había adelantado.

-Qué temprano te has despertado hoy.

-Sí, bueno… Voy a hacerme unas tostadas.

-Siéntate, te las hago yo.

Joseph se sentó en el sitio del que se había levantado su madre. Miraba las migajas de pan que su madre había dejado en el plato. No paraba de darle vueltas a la cabeza: Las lechuzas, las cartas, el gato… Algo no cuadraba. Estaba pasando algo muy extraño y no sabía lo que era.

Entonces, miró de reojo la puerta de la cocina y distinguió una silueta a través del cristal translúcido de la puerta. Abrió los ojos como platos, y escuchó como alguien golpeaba la puerta dos veces. Su madre se asustó y se le cayó el cuchillo al suelo. Al volverse, se asustó al ver la silueta, se agachó a coger el cuchillo y preguntó:

-¿Quién eres?

jueves, 31 de mayo de 2012

Superficial.

Superficial. 04/05/11

Tiempo atrás, me decidí recordar tiempos pasados que fueron inmortalizados y colgados en la red. Fueron tantos los recuerdos que volvieron a renacer en mi mente…

¡Cuánto hemos crecido, cambiado, madurado…! Y lo que nos queda en este largo camino.

Hay que valorar a todo el mundo por lo que es. Todos te acaban aportando algo. Por eso mismo hay que fijarse en el interior… algo que no hace todo el mundo.

La maravillosa imagen de la perfección que tiene la sociedad es de gente que parece esculpida por ángeles. Lo superficial.

Una persona no atrae a primera vista a los demás por ser simpático y caer bien, porque no es lo primero que se ve. Lo que quieren es… fachada.


Me han tratado como mierda y en mierda me convertí.

Hace años se metían conmigo porque estaba gordo. Ahora, es la imagen que tengo de mí.

Ya he dicho que siempre he vivido con comparaciones. Siempre he sido inferior.

Ahora me está dando igual de casi todo. Ahora estoy saliendo. Ahora estoy conociendo a la gente.

Aunque siempre quedan restos.

Lo único que aprecio es mi interior, mi personalidad. Es el único ego que tengo.

Me considero alguien fantástico. Además de que me lo dicen, puede que lo reconozca. Cuando leo cosas que escribí hace tiempo, fotos… Me gusto interiormente.

It´s something.

“¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas.”


lunes, 9 de abril de 2012

Cotillas hipócritas.

Bajo mi punto de vista, todo el mundo es chismoso por naturaleza. Todo el mundo quiere enterarse de todo lo que ocurre.
Quien niegue esto, miente.

Pongamos el ejemplo de un señor andando por la calle y ve un montón de gente en círculo. Se detiene a mirar. Pregunta. Quiere enterarse. Después, se lo cuenta a otros que se detengan a mirar y pregunten.

Realmente, si la gente no se interesase por todo, ahora mismo no estaríamos tan avanzados en tecnología, química…
Pero… ¿Hasta qué punto hay que ser cotilla?

Quiero profundizar en el ejemplo de la telebasura o telerrealidad.

Los reality están hechos para llamar la atención del espectador, jugando con el morbo.
Meten a diez o veinte personas en una casa llena de cámaras, les hacen putadas de todo tipo y la gente se divierte viendo eso.
Después, empiezan a introducirse en las vidas de los participantes, empiezan a comentar sobre el modo de vida que llevan, sobre lo que están haciendo…
¿No es eso mismo lo que a una persona no le gusta que hagan con ella, que comenten sobre su vida, sobre qué forma de vida llevan?

Hipocresía.



También está la gente que se enfada o alegra cuando uno entra o sale, o se gasta dinero para expulsar a alguien. ¿De qué vale alegrarse por eso? ¿Va a cambiar algo en tu vida diaria? ¿Vas a salir ganando en algún aspecto? Simplemente, están jugando con los concursantes a sus anchas para su diversión.

Están jugando con personas.

Son personas las que están ahí, con sentimientos, con su forma de ser, con sus más y sus menos. Es normal que se enfaden, se alegren, se disgusten, se enamoren y se diviertan.
¿Realmente es necesario que se entretenga en abrir un debate sobre las acciones que realiza cada uno? ¿Por qué? ¿No son personas, como tú? ¿Tú nunca te enfadas, te alegras o te equivocas?


A nadie le gusta que debatan sobre su propio estilo de vida, su relación con los demás, que comenten por qué hacen esto o que incluso se enfaden cuando hacen algo que otra persona no quiere que haga.

Entonces… ¿Para qué te metes en un reality, cuando sabes que todo el mundo va a verte, vas a ser un personaje público abierto a críticas y a que te critiquen por todo lo que hagas?
¿Dinero? ¿Fama?

En resumen, yo pienso que no está mal que la gente se interese por el exterior, por lo que le rodea, porque puedes aprender de ello o incluso ayudar a los demás, pero respetando la intimidad, que después nadie quiere que hagan lo mismo con él.

jueves, 1 de marzo de 2012

París, je t'aime.

Suena el teléfono.

-¿Sí?
-Thomas, escucha.
-¿Francine?
-Escucha. Hay momentos en los que la vida me exige un cambio, una transición… Como las estaciones. La primavera fue maravillosa, pero el verano acabó. Desperdiciamos el otoño... y ahora, de repente, hace frío, tanto que todo se congela. Nuestro amor se duerme y la nieve lo toma por sorpresa.Pero si te quedas dormido en la nieve, no sientes llegar a la muerte. Cuídate.

Thomas cuelga el teléfono.

Suena el teléfono.


-¿Sí?
-¿Qué pasó? De repente te quedaste callado. ¿Colgaste? ¿Tan malo fue? Vamos, ¿sigues molesto por lo de ayer?
-No.
-Bien, entonces dime, ¿fue creíble?... Ya veo. Maldición, no funciona así. ¿Cómo puedo decir que la primavera fue maravillosa pero el verano acabó sin sonar completamente melodramática? Al director le encanta, así que tendré que hallar la forma. Thomas, ¿me estás escuchando?
-No. Te veo.