jueves, 25 de diciembre de 2014

Si te contara.

¿Vale la pena seguir esforzándose para algo que no te termina beneficiando?
¿Vale la pena seguir dándolo todo para no recibir nada a cambio?
¿Vale la pena sentirse triste a causa de la soledad?

¿Qué me está pasando?
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
¿En qué monstruo me estoy convirtiendo?

No me reconozco.
Me echo de menos.
No soy yo.

¿Cómo he acabado así?

La soledad me oprime.
La ansiedad me domina.
El dolor me esclaviza.

¿Quién soy ahora mismo?

No me siento feliz.
Siento que estoy perdiendo el tiempo.
Siento como si mi vida se hubiese pausado mientras el resto avanza.

Se me nubla la mente.
Me mareo.
Vomito.

Vomitar me ayuda.
Me hace más fuerte.
No me cuesta.

Me arrodillo frente al inodoro.
Enciendo un cigarro.
Música.
Acción.

Después de vomitarlo todo, nada.
Paz, tranquilidad.
Pero mentira.

Estoy acabado.

No encuentro motivación.
Estoy perdiendo las esperanzas.
No tengo porqués para seguir adelante.

Añoro el cariño.

Me siento feo.
Me siento solo.
Me siento consumido.

¿Qué debería hacer para poder volver a ser querido?
¿Qué puedo hacer para terminar esta decadencia?
¿Cómo vuelvo a tener esperanzas?

Todo acaba saliendo mal.
Todo se me acaba volviendo en contra.
Todo termina tornándose a negro.

Lo he perdido todo.

Mirar atrás me hace más daño.
Antes nada de esto era así.
Antes todo era diferente.

Yo era la rosa dorada del sol;
Lluvia de vino, burbuja del amor.

Y mi palacio fue la juventud;
Mientras cantaba yo, soñabas tú.

Y me sentí querida,
Mimada por la vida,
Ciega de delirante ilusión.

La felicidad.
Algo tan difícil de construir,
Pero tan fácil de destruir.

¿Vale la pena seguir esforzándose?
Si yo supiera…
Si tú supieras.
Como si te importara.



jueves, 18 de diciembre de 2014

Una historia de amor que fue mentira y un final que no ha sido feliz.

Sólo hizo falta una noche, una noche para que me destrozasen el corazón.

Él llegó a mi vida en verano. Me hacía falta alguien como él, con quien desahogarme y que me entendiese. Él lo hacía, me entendía, me respetaba y hasta me admiraba. O eso me hacía ver.
Era el apoyo que necesitaba, el ánimo que me hacía falta para seguir adelante. Pasaba por una mala racha y estaba mejorando. Llegó en el mejor momento. O eso creía.
Con él, mis valores crecían, me llené de coraje y grandeza. Volvía a tener una persona en la que pensar, por la que luchar, a la que querer, a la que cuidar. O eso pretendía.

Por fin llegó el momento, el día que esperábamos. Nos íbamos a ver por primera vez. Ya desde por la mañana, mi día no empezó del todo bien y eso eran simples avisos de la tormenta que esa noche iba a suceder.
Quedamos en el centro de la ciudad, donde todos caminaban pensando en sus cosas y en refugiarse del calor. Yo sólo pensaba en él. Y nuestro primer encuentro.

Era el chico más guapo que podía haberme encontrado. No encontraba nada que no me gustase de él. Teníamos tanto de qué hablar…
Lo invité a mi piso, con lo cual, desfogamos todo el amor que teníamos ya ganas de desatar.

Por la noche, ideé una cena adecuada para ese momento. Fuimos a cenar a un restaurante italiano donde servían pasta artesanal y pedí el mejor vino espumoso rosado que tenían. Lo tenía pensado todo para él, aunque no me dejó pagar. “Quiero viajar contigo, a donde sea, a la luna”, me decía.

Todo iba saliendo a la perfección. Después de la cena, íbamos a salir. Esa noche dormíamos en su piso. Yo quería que fuese una noche para recordar. Y así fue, pero no como yo pensaba.

Fuimos a beber antes de entrar en la discoteca. Yo no conocía a nadie, él a mucha gente. Empezó a hablar con mucha gente, yo estaba apartado. Conoció a mucha gente, a mí nadie me presentaba.

Al entrar, él se puso a bailar con todos. Por lo visto, su ex pareja estaba por ahí, así que él pensaba que si dejaba de bailar, iba a sentirse inferior. Y así lo hizo.
La noche fue pasando lentamente y yo no sabía nada de él. No había bebido mucho, con lo cual, me costaba desconectar. No quería parecer celoso, así que no le llamé la atención en ningún momento. “Es una persona libre, que haga lo que quiera, no somos pareja”. Pero hay unos límites.
Cuando supe algo de él, era que quería volver a casa. Se iba a despedir de sus amigos, así que fui hacia la puerta a esperarlo. Como tardaba mucho, fui a buscarlo. Cuando lo encontré, estaba besándose con otro.

Fui hacia él. Recuerdo exactamente las palabras que le dije: “Te espero en la puerta”.

Empezó a llamarme y no le cogí el móvil. Me dijo que no quería salir. Le pedí por favor que volviésemos a su casa, mis cosas estaban allí.

Yo no podía creer lo que me estaba sucediendo. No paraba de llorar.
Volvimos andando a su piso. Fue el camino más largo del mundo. Sólo hacía ponerme excusas y a contradecirse. “Hemos ido muy rápido, yo no quiero nada serio”; “Quiero ser libre”; “Tú y yo no teníamos nada”; “Después de todo, no teníamos mucho en común”; “Encontrarás a alguien que te haga feliz”.
Unas respuestas sin ninguna pregunta. Una acción sin ninguna explicación. ¿Por qué lo hizo? ¿Me lo merecía? ¿Qué hice mal? ¿Por qué sin avisar? ¿Quién no actuó correctamente?

Tuvimos que dormir juntos. Él seguía hablando por teléfono con la persona con la que se había estado liando.
Finalmente, me comió la cabeza para que volviésemos a follar. Chantaje. “Pero sin besar, que para mí besar significa algo más”. Después de todo.

A la mañana siguiente, me despedí con un abrazo y me volví a casa.

Tengo la conciencia tranquila de que ni le alcé la voz, ni le dije una mala palabra, ni me porté mal con él en ningún momento. Eso es algo que no todo el mundo podría afirmar después de haber pasado por una situación como esta. No hice nada malo, simplemente fui engañado.

Pero ahora, ¿Qué iba a hacer? ¿Por qué se aprovechó de mí de esta forma? ¿Qué pretendía conseguir? ¿Alguna vez ha sentido algo por mí? ¿Qué hubiese pasado esa noche si yo no hubiese estado con él? ¿Me habría engañado más veces? ¿Y si no lo hubiese hecho delante de mía, lo habría hecho a mis espaldas? ¿Era demasiado para mí? ¿Yo era poco para él? ¿Qué tenía el otro chico que no tenía yo?
¿Soy feo? ¿Tengo mal cuerpo?  ¿Soy demasiado raro como para tener pareja? ¿Es mi ropa, mi música, mis gustos? ¿Quién podría ser mi pareja ideal? ¿Existe? ¿Por qué estoy solo? ¿No merezco estar enamorado?

Entonces, volvió a suceder. Mi mundo se volvió a tornar en una oscuridad de la que me fue aún más difícil salir. Volvieron mis miedos, mis angustias, mis problemas, mi ansiedad, mis depresiones, mis vómitos, mis mareos, mis cortes, mi sufrimiento. Volvía a estar en lo más lejos de ese túnel, en lo más profundo de ese pozo. Ahora, ¿Qué hago para seguir adelante? Toda la ayuda, todo el apoyo que tenía, era mentira. Todo mentira.


Un castillo de arena que se llevan las olas, 
Un sueño que se convierte en pesadilla, 
Un azucarillo que se disuelve en café, 
Un cuento de hadas macabro, 
Una rosa que se marchita, 
Una princesa sin cabeza,
Un teatro en ruinas
Un payaso triste, 
Una mentira.


"No fue capaz de evitarme una sola noche de dolor, pudiendo hacerlo, no me evitó una sola noche de sufrimiento. Alguien que no es capaz de evitarte una noche de sufrimiento no merece de mi amor".
Jorge Bucay

lunes, 19 de mayo de 2014

¿Y si...?

Ahora sólo me queda el '¿Qué hubiese pasado si...?',
¿Sería culpa mía el no haber aprovechado el momento?
¿Habrá sido culpa mía?
¿Habría tenido algún hueco para poder haber entrado a ese mundo?

Si es verdad que el karma existe, creo que lo comprendo. 

Mi rechazo hacia otras personas ha sido creado gracias al rechazo que otras personas han tenido hacia mí, Pero, ¿Y si hubiese aprovechado el tiempo en centrarme en lo que realmente me interesaba en vez de haberlo perdido haciendo sobre otras personas lo que me hicieron, sin tener nadie la culpa?

Me han llenado de sufrimiento y quería vaciarlo sobre quien pudiese,
Algo que me hacía sentirme más fuerte,
Aprovechando que estaba en lo más alto.

Ojo por ojo y cada uno tiene lo que se merece,
Y he recibido indirectamente lo que he dado a otras personas. 

¿Cuándo aprenderás?, me repito. 
¿Cuándo te darás cuenta?

Espero que la experiencia me de la sabiduría necesaria para no volver a cometer los mismos errores
Si no me quiero volver a ver en esta situación.

Lo hecho está hecho. 



Pero ya sabía que iba a pasar. 
Lo sabía, intenté hacerme a la idea antes de que pasase, 
Pero no puedo decir que no me haya afectado,
Pero no podía afectarme antes de que pasase.

He jugado a ver el futuro sin temer que fuese verdad,
Una verdad convertida en mentira para que no me afectase. 
Intentando convencerme de que podría ser una tontería.

Un chico de cabello claro, el corazón de la otra persona, espadas y bastos hacia mi lado.
Todavía lo recuerdo,
He pensado tanto en eso...

Ahora a hacer como el que no me interesa ni me afecta,
Mientras me quede un cigarro al que aferrarme
Intentaré crearme una felicidad ficticia.
Al menos, para creerme que todo va bien.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dejando el puerto.

Te dejo y dejo atrás aquello de buscar un marinero en cada puerto.
¿Está bien eso de montarme en cada barco que esté apunto de zarpar?
Cuando el blanco faro sobre los veleros una luz de plata dejaba caer. 

Y sin copas de aguardiente y sin contar nada entre dientes,
Sin leer ninguna historia de amores perdidos,
Escribimos una nota a pie de página;

Notas que se van convirtiendo en una larga lista,
Una lista que no quiere ver el final y no quiere nunca acabar,
Que se alimenta a base de pecado y placer carnal.

Sin rastro ninguno de amor,
Donde todo es lujuria, 
Donde sólo hay pasión.

No todos son bellos marineros,
Pues el aventurarse en cada barco sin saber quién lo tripula...
Quizás me arrepiento antes de zarpar. 

Pero algo no me deja volver atrás,
¿Qué será ese algo que prefiere cerrar los ojos,
 Y embarcarse en un viaje que no sabe dónde acabará?

La adrenalina que recorre mi cuerpo,
Llena de escalofríos cada poro de mi piel,
Pero... ¿Qué estoy haciendo?

Cuando me doy cuenta de que ya hemos llegado a otro puerto,
Me doy cuenta de lo que acaba de pasar,
Abro los ojos y me prometo que no volverá a suceder.

Y mientras recojo mis pertenencias,
Hay algo llorando en mi interior,
Que se va pudriendo poco a poco.

La putrefacción llega a límites alarmantes,
Y se me quitan las ganas de volver a jugar a este juego.
Me alejo poco a poco de aquel barco.

Cuando llego a casa y me miro al espejo,
No veo a la persona que veía antes de zarpar.
Sólo veo arrepentimiento.

Pero sé que volverá a pasar.
Volveré a esperar en el puerto a otro barco,
Buscando el amor donde no lo hay.

¿Eso es lo que me da la felicidad?
Qué triste. 
¿Eso de verdad me llena?

La diversión,
El placer,
La aventura.

Eso es lo que me da valor para volver.
¿Qué puedo hacer para quedarme en tierra?
Eso es lo que quiero saber.

Es aquello lo que quiero intentar,
Dejar atrás ese lugar.
Volviendo a cerrar aquel puerto.

Sé que no será definitivo,
Pero será un cierre permanente.
Hasta tener motivos para volver. 


martes, 13 de mayo de 2014

Un perro andaluz.

Si existe un placer
es el de hacer el amor
el cuerpo rodeado de cuerdas
y los ojos cerrados por navajas de afeitar



martes, 4 de marzo de 2014

La reina del fantasma.

Cuando ya no hay por la calle nadie decente, camino por las oscuras tinieblas iluminadas por la tenue luz de las farolas que las velas podían dar una noche tan fría como aquella. Me vuelvo a dirigir a aquel antro del que sólo comentan voces de hombres mayores que quieren salir a beber un buen whisky con hielo, a sabiendas de que sus esposas no sabrán de la existencia de dicho local.

Echo un vistazo a la puerta de la calle del Silencio número uno, y llego a una conclusión. Parece ser que gracias a la niebla de la calle, la sala invita a llenarse para que aquellos señores se resguarden del frío de la noche. Sólo entonces, voy en busca de la pequeña puerta que hay atravesando la esquina en una sucia calle sin salida.

Tras la poco elegante bienvenida que me otorgan dada la confianza, me adentro por aquel pasillo bañado por las luces de los camerinos y un calor sobrenatural que me regala el placentero aroma de aquel sitio tan acogedor, penetra por mi cuerpo. Camino entre las plumas, encajes y perlas que me dan la vida hasta el que es mi camerino. Enciendo las bombillas que rodean ese gran espejo dejando ver las estampitas de mi virgen del Rosario y veo el reflejo de un triste hombre cansado en una habitación de paredes rojas adornadas con cuadros de grandes artistas.

Empiezo a desvestirme y me dispongo a elegir la ropa con la que saldré al escenario para, como una noche más, amenizar la velada de aquellos visitantes.

Llaman a la puerta.

-Antonio, ¿Ya has llegado? – Dice la figura de un amigo que se asoma.

- Sí, acabo de llegar – Respondo.

-Date prisa, sales en quince minutos. Rosita no ha venido y tienes que suplirla. Su madre se ha puesto mala y está con ella en el hospital. Yo le he encendido una velita a la virgen de la Salud para que la cuide, pero no creo que la cera quemada ayude a mantener entretenidos a nuestros espectadores de hoy, que son muchos. No veía tantos desde… Desde yo que sé cuándo.

-¿Qué canción cantaba ella? –Contesto mientras empiezo a maquillarme.

-Pues creo que alguna de Estrellita Castro, pero no me hagas mucho caso que tú sabes que yo tengo la cabeza a las tres de la tarde. Pero bueno, que si no te la sabes, no creo que pase nada. Tú les cantas alguna de Concha Piquer o Juanita Reina que tan bien te sabes. El caso es mantener entretenido al personal.

-¿Qué puedo ponerme? Me estás poniendo de los nervios, Amapola.

-Rosario, cálmate, que yo te ayudo –Me dijo mientras empezaba a maquillarme.

-¡Niñas! ¿Todavía estáis así? – Dijo una nueva imagen rechoncha que entraba por la puerta con algo entre las manos que la figura de Amapola no me dejaba ver.

-Pues mira qué plan. ¿Qué traes ahí, Soledad?

-Traigo la peluca de Rosita, la de caracoles, mira qué graciosa está. Seguro que a Rosario le queda genial.

-Anda, déjala ahí y ponte a buscarle un vestido bonito. ¿Qué canción le toca?

-Pues creo que ‘Suspiros de España’, así que tenemos que encasquetarle una peineta bien bonita con dos grandes flores rojas, como el sentimiento español.

-Ay, pero bueno, ya que Rosita no ha venido, vamos a hacer que Rosario se luzca, que Rosita siempre se ponía muy sencillita y no tenía duende.

-Pero es que Estrellita es muy sencilla. No vamos a ponerla como un fantoche y encasquetarle un armatoste para que haga el ridículo.

-Quita, quita, déjamelo a mí. Anda, dame el corsé blanco con encajes negros.

-¡¿El corsé?! Tú no estás buena. ¡Que esa canción representa el sentimiento español!



-Sentimiento español… ¿Tú crees que estos hombres han venido aquí para encontrar el ‘sentimiento español’ o para vernos las tetas? ¡Si la mayoría están casados y prefieren que nosotras les calentemos las mantas!  Pero es normal, comparando aquellas tristes señoras en bata con estas curvas tan maravillosas que Dios me ha dado.

-Ay Amapola, qué tonta te pones. Pero ya no es por eso, es la representación que hacemos de una grande de la música.

-Anda, pues búscame la blusa de terciopelo burdeos con encajes negros y la falda larga, verás cuando le plante la peineta, la mantilla y los claveles rojos lo guapa que va a estar mi Rosario y lo bien que va a representar mi niña ese sentimiento.

-¡Pero eso es de Juanita Reina! ¡Estrellita Castro es de flamenca! Anda, voy a buscarte el traje de gitana de lunares y el mantón.

-¡Pues date prisa, ‘Reina’, que sale en cinco minutos! Y Rosario… ¡Ay, qué guapa estás con la peluca! ¡Tú sí que eres enteramente una reina!

-…Anda que el vestido pesa como él solo. ¡Ay, qué guapa estás Rosario! Anda, mete las patas por aquí que te abrocho y te termino de colocar.

-Las flores se las coloco yo que tú siempre las pones daleadas y parece que la ha vestido una coja.

-Coja… Coja te voy a dejar yo  a ti. Anda, ponle las perlas y los corales y que salga ya pitando.


Después de todo este paripé de mis dos simpáticos y alegres amigos, me dirijo tras bambalinas al escenario y espero a que resuene mi nombre artístico, Rosario Puñales. Tras la explosión de aplausos que me otorga el público, empieza a sonar aquella melodía.

Tras la piel, los huesos y la garganta de un hombre, canta el corazón y un alma rota de mujer.
Siento como si por mi boca entrase cada gota ardiente de whisky que se toma cada uno de nuestros comensales. Siento como todo el mundo me mira y de mí depende el destino de esta noche. Siento como si el tiempo se hubiese parado y sólo yo en esta habitación tengo el poder al interpretar la maravillosa letra de aquel pasodoble español. Siento que mi canción es mi lucha. Siento que estoy demostrando a los hombres que dentro de un hombre hay siempre un trozo de mujer. Siento que si me callo, se calla la libertad.


Seguido de la última marea de aplausos, despido la noche y dirijo a aquel sucio camerino a desmaquillarme. Ya no me parece todo tan real cuando se acaba la farsa. Siempre acabo temiendo este trágico momento.


Las bombillas del espejo alumbran mi suerte además de la mujer que me dio la vida, la misma que estoy borrando de mi rostro otra noche más, tras ella se desmorona mi valentía, la valentía que hay detrás de una mujer, y paso de ser la reina que he sido esta noche para ser el triste fantasma que soy cuando aparecen los rayos de sol.


lunes, 3 de marzo de 2014

Por aquellas personas.

Por aquellas personas que te las tiras una vez y ya creen que hay algo más.

Fuiste un simple polvo, nada más.

Pero,
¿Qué pasa cuando se cambian los papeles y te toca a ti ser un simple polvo y eres tú el que quiere más?

¿Quién es el bueno y quién es el malo?

domingo, 12 de enero de 2014

Que igual viene que va.

Se muere y al momento vuelve a resucitar.

Para tener la alegría de enamorarme otra vez.

¿Vale la pena emocionarse para acabar recibiendo otra decepción?

domingo, 5 de enero de 2014

necesito

Necesito un fin y un nuevo comienzo. Un renacer. 
Necesito un cambio. 
Necesito parar de pensar.
Necesito tomar las riendas. 



¿Qué necesito? ¿Y si no es lo que necesito, sino lo que quiero? 
¿Quiero lo que necesito? ¿Necesito lo que quiero?

lunes, 30 de diciembre de 2013

Otra foto más.

Mis abuelos tienen en el salón de su casa un mueble sobre el cual van poniendo las fotos de las personas que ya no están con nosotros. Es como su pequeño altar para recordarlos y que no se pierdan en el olvido, para saber que un día estuvieron con nosotros, compartimos momentos y experiencias con ellos. 

Me duele ver cómo han tenido que añadir una foto más. 

viernes, 27 de diciembre de 2013

La consulta.

-¿Se puede?

-Adelante.

-He vuelto.

-Ya veo. Ponte cómodo. ¿Qué tal te va todo?

-Pst… Igual.

-¿Igual? … ¿Qué pasó con aquel chico?

-¿Cuál chico?

-El último.

-¿El último? Pues creo que el que tú crees que es el último, ahora mismo no lo es. Es más, hay una larga lista…

-Entonces no está todo tal y como lo dejé.

-Cierto. Tengo que ponerte al día.

-Adelante.

-No, no es el momento.

-Como quieras.

-Vengo a hablarte del nuevo último.

-¿Y para eso sí es el momento?

-Sí, creo que sí.

-Pues yo creo que debería saber lo que viene antes para poder entender lo que pasa ahora.

-No tiene nada que ver el pasado con el presente.

-¿Eso crees? Yo no creo lo mismo.

-No quería decir eso, quería decir que se puede entender esta última historia sin contar nada de lo anterior.

-Pues yo creo que debería saber antes lo anterior para poder comprender por qué actúas como estás actuando en el presente; Los actos del ayer repercuten en el hoy.

-Pero no considero que sea el momento más oportuno.

-Entonces vuelve cuando sea el momento, sabes que estoy a tu disposición las veces que quieras, que no tengo horarios ni más gente a la que atender.

-¿Y no puedes escuchar mi problema? Es el que me aflige ahora.

-¿Y no podrías haber ido poniéndome al día? ¿Y no podrías haber acudido antes a mí? Claro, vienes ahora cuando estás de mierda hasta el cuello y piensas que te lo voy a solucionar todo.

-Tampoco es para ponerse así.

-¿Desde cuándo no acudes a mí? ¿Desde cuándo no sé nada de ti?

-Pues… Te he ido contando cosas…

-¡Pero no todas ni las necesarias! Así no te puedo ayudar, lo siento.

-Pero…

-¿Por qué has vuelto?

-Porque… Me vuelvo a encontrar como antes.

-Solo, ¿Verdad?

-Bueno… Puede ser.

-¿Y crees que tienes que volver a sentirte solo para venir a contarme las cosas?

-No lo sé. De verdad, no lo sé. Ahora mismo me siento estúpido.

-Has descubierto tu fallo; te cuesta ir contándome según te vaya pasando, y después regresas con una gran acumulación. Te vas callando las cosas, dejándolas para ti mismo, creyendo que puedes con todo, y no sabes que no puedes con ese peso.

-No me gusta contar todos mis problemas, me siento indefenso.

-¿Sabes? Se cuenta que cada persona comienza la vida con una mochila vacía, y cada problema, es una piedrecita que se mete dentro de esa mochila. La única forma de vaciarla, es contando tus problemas y no dejándolos para ti, dejando que te ayuden. Así tienes un peso menos. ¿Cuántas piedrecitas llevas ya acumuladas desde la última vez?

-…Tienes razón, creo que ése es mi mayor problema.


-No, la razón la tienes tú, yo no soy más que una parte de ti, escucharte a ti mismo de vez en cuando no te viene nada mal. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

La influencia del arcoiris.

Ya he perdido la cuenta de mis noches de insomnio. ¿Qué tendrá esta cama que no me deja dormir? Todavía no he podido descansar a gusto desde el día que me mudé. Ese Harry White… No paro de darle vueltas a la cabeza. Es un personaje bastante curioso. ¿Será el responsable de mi falta de sueño? No paro de pensar en él desde el día que lo conocí. Recién subí a mi piso, se me fueron ocurriendo miles y millones de temas de los que hablar. Sin embargo, no dije nada. He intentado volver a verlo, pero casi siempre que me encuentro con él va acompañado de uno de esos señores ricachones.

Una noche, lo vi despidiéndose alegremente en la puerta  de su casa de un tal Charlie, creo recordar. Llevaba sólo un polo blanco y unos calzoncillos y, no sé por qué, unas grandes gafas de sol. Dentro de su casa y por la noche. Cuando me vio, se quitó las gafas, me tiró un beso y se fue hacia dentro con una amplia sonrisa.
La semana pasada, me lo encontré por la mañana. Venía de mal humor. Esta vez volvía a ir vestido como el primer día que lo vi, sólo que con una pajarita blanca y otros extraños zapatos de plataforma, también blancos. Volvía a llevar gafas de sol, incluso dentro del bloque. Ah, y un gran bolso de piel de cocodrilo. No sé por qué venía de tan mal humor a primera hora de la mañana. Yo salía a hacer unos recados cuando me topé con él en la puerta. “Ah, hola Fred. Lamento no poder charlar contigo, tengo un mal humor horrible y no podría mantener una educada conversación ni aunque me lo propusiera, así que es mejor que no mediemos palabra hasta nuevo aviso.” Sólo me soltó eso de corrido y subió a su casa.
Hace un rato, lo escuché cantando una maravillosa y triste melodía, acompañado de la sinfonía de su vinilo. Me asomé por la ventana y lo vi regando las macetas. Solamente llevaba una toalla atada a la cintura y otra sobre la cabeza. Me extrañó que la de la cabeza fuese mucho más grande que la de la cintura, pero viniendo de Harry White…

No sé por qué, pero me da la sensación de que es una persona que sólo vive por la mañana y por la noche. Siempre suelo verlo muy temprano o cuando empieza a oscurecer. Es una persona misteriosa. Quiero conocerlo, me llama la atención, estoy seguro de que encierra algo en su interior. No sé lo que es, pero me atrae ese chico. Tiene algo…

Oigo unos golpes y ruido de platos rotos que me hacen volver a la realidad. Vienen del piso de abajo. Harry… De un salto, me levanto de la cama y me asomo por la ventana. Veo la luz de la casa de Harry encendida. De repente, se asoma por la ventana, mira a ambos lados y sale por la escalera de incendios. Lleva la bata blanca que se puso cuando lo conocí, y unas gafas de sol negras y doradas. Mira hacia arriba.

-¡Oh, Fred, gracias al cielo! – Dice a modo de plegaria mientras se quita las gafas y sube por la escalera hacia mi ventana – ¿Puedo pasar?

-Adelante – Digo.

Entonces, entra sensualmente por el hueco de la ventana hacia el interior de mi casa.

-Vaya… Así que esta es tu casa – Dice mientras observa detenidamente mi cuarto – Es bastante acogedora.

-No es para tanto. Todavía me queda poner mucho orden.

-A mí me gusta. Tiene una decoración muy clásica - Dijo mirando unos candelabros de plata que tengo sobre una mesilla de roble. 

-¿Qué ha pasado en tu casa? – Pregunto ofreciéndole asiento en mi cama – ¿Qué era todo ese jaleo? ¿Y por qué has salido por la ventana?

-La respuesta a tu pregunta tiene nombre y apellido – Contestó –. Alexander O’Donnell. Vino esta tarde para invitarme a cenar. Hemos ido a su restaurante favorito. Le dijo a su mujer que tenía una cena de negocios. Me invitó a cenar un gran solomillo al whisky, aderezado con finas hierbas y queso fresco. También me ha invitado a vino y cava. Y yo, para agradecérselo, lo invité a pasar a casa para que se tomase una copa de brandy y luego se marchara con su mujer. Pero chico, ha sido entrar a mi casa y pegarse como una lapa a mi trasero. Fui directamente a mi cuarto a cambiarme, porque los zapatos me estaban matando y yo voy más cómodo con mi bata, y cuando salí… Madre mía, no me dio tiempo de sacar el brandy. Me encuentro a ese feo y barrigón señor O’Donnell quitándose los pantalones en mitad de mi salón. ¿Es que siempre uno tiene que vivir por y para su trabajo? Yo creí que sólo era una cena de amigos, como otra cualquiera. Pero, parece ser que en esta vida, no puedo tener ningún amigo.

-¿Y dónde pensabas ir a esta hora?

-A la comisaría de policía. O a casa de una persona muy querida, el señor Johnson. No sé.

-¿Sigue el señor O’Donnell en tu casa?

-Claro, ya se cansará y se irá. No es la primera vez que me pasa. Tranquilo, no se va a llevar nada de valor. Y si se lo lleva, creo que incluso le pertenece. Pero, por la cuenta que le trae, no se va a llevar nada. ¡Já! Se las vería conmigo.

-Y… Si no es mucho preguntar… ¿Por qué siempre llevas gafas de sol aunque esté techado? -Dije extrañado, con miedo a que pudiese tomárselo mal.

-Verás… Las gafas de sol, junto a las plataformas, son una de mis debilidades. ¡Tengo miles de gafas! Creo que en todo un año, tengo para ponerme un par de gafas de sol cada día sin repetir ningunas.  Claro que, la mitad las tengo esparcidas por casa y no las encuentro. Además de que siempre, en cada bolso, llevo mínimo dos pares de gafas por si acaso. Seguramente que alguna estará metida todavía en las cajas, en bolsos o las perdería en alguna mudanza o en casa de alguien. De vez en cuando, van apareciendo por ahí. Un día me encontré un par de gafas dentro de la cisterna y otro día, dentro del frigorífico. ¿Cómo habrían llegado allí? Lo malo es que, a la vez que unas aparecen, desaparecen otras y nunca las tengo todas. ¡Soy un desastre, ya lo sé! Pero, ¿Sabes qué? Lo acepto. Lo acepto y me encanta. Las únicas que no pierdo de vista son unas de carey que pertenecieron a... Bueno, a una persona que quería mucho y ya no está - Dijo mirando al suelo, escondiendo un gesto de afecto y me pareció ver que le brillaban los ojos.
>> Y, ¿Sabes que es lo bueno de llevar siempre gafas de sol? Que puedes mirar donde te apetezca sin que nadie se dé cuenta. Siento que me dan mucha libertad. Siento como si pudiese hacer lo que me diese la gana. También siento mucha seguridad. Puedo hablar con alguien sin que se dé cuenta de que no le miro directamente a los ojos.  Tampoco ellos me miran directamente porque se ponen nerviosos al no saber dónde apuntan mis ojos y no saben si muestro debilidad o no, por lo tanto, me hacen sentir fuerte. ¿Sabías que si una persona cuando te habla y no te mira directamente a los ojos, demuestra ser una persona frágil y que se ve inferior a ti, como si tú fueses quién manda? Comunicación no verbal. También hay que añadirle el glamour que le da a una persona el usar unas gafas de sol, mientras vaya bien a conjunto con tu ropa y no desentone. Le da un toque muy elegante y distinguido, por eso yo las uso a todas horas, esté nublado o techado. Por cierto, ¿Puedo fumar aquí? Necesito un cigarrillo.

-Hhmm… Como quieras – Respondo.

-¿Tú fumas? ¿Quieres uno? – Dijo mientras rebuscaba el paquete en los bolsillos de su bata.

-Yo… No, no fumo.

-¿No lo has probado nunca?

-Sí, alguna que otra vez, pero…

-Me gustaría verte fumar – Y se encendió un cigarro – Toma, dale una calada.

Me pasa el cigarro. Lo cojo, me lo llevo a la boca y…

-No puedo – Respondo nervioso.



-Vamos, sí que puedes – Me anima Harry –. Mira, tú llévatelo a la boca. Tranquilízate. Y aspira despacio. Es como un suspiro.

Hago lo que me dice. Me llevo el cigarro a la boca. Lo pongo sobre mis labios. Aspiro despacio y…

-¡Oh, Fred por favor! – Dice Harry sorprendido – ¡Qué exagerado eres!

Me ha dado un ataque de tos.

-Mira, se hace así – Dice Harry cogiendo el cigarro – ¿Ves? Ya está, no tiene ninguna dificultad.

Me devuelve el cigarro y vuelvo a intentar fumar. Entonces aspiro el humo y lo suelto poco a poco.

-¿Ves como no es tan difícil? – Dice Harry más animado – Ahora, para saber que te ha llegado a los pulmones, échalo por la nariz.

Después de una clase práctica de cómo fumar, Harry se alegró tanto que lo celebró con un cigarrillo.

-¿No tienes whisky? –Preguntó.

-Mira a ver si en la cocina, quizás…

Seguidamente, se dirigió a la cocina. Al momento, volvió con las manos vacías.

-Nada. Absolutamente nada. ¿Quieres que vaya a mi casa a por la botella de brandy? Seguramente el señor O’Donnell ya se haya ido, llevo un rato sin escuchar ningún ruido.

Sin esperar ninguna respuesta, se volvió a colocar las gafas de sol y salió de una manera especialmente sexy por la ventana. Yo me tumbé bocarriba en la cama, pensando. ¿Qué es lo que me acaba de pasar? Me he dejado dominar por un crío. Siento como si me atrajese tanto su personalidad que me dejo embaucar de tal forma que no me doy ni cuenta. Siento que su presencia me influye, me envuelve, siento que no le puedo negar nada. Veo una gran conexión. ¿Qué tiene ese chico? Es algo como mágico. Puede que ahora entienda a aquellos señores ricos como el señor O’Donnell.  Dios, realmente estoy cansado. Entonces, me doy la vuelta y me dejo caer sobre la almohada. Se me cierran los ojos, bostezo… Pero de pronto…

-¡Fred! ¡Fred! –Dijo Harry cuando apareció por la ventana – ¡Ya traigo el brandy! Mira, he pensado que podemos hacer un brindis por… ¡Oh, Fred, te has dormido!

-No, no –Digo mientras me incorporo –. Estoy despierto.

-¿Puedo sentarme a tu lado, Fred? – Y de nuevo, sin esperar respuesta, se sentó junto a mí. Llevaba en una mano dos copas impares y en la otra, la botella de brandy – Bébete aunque sea un chupito – Sirvió ambas copas con un poco de su contenido y dejó la botella en el suelo. Después de brindar y beber, dejó las copas junto a ésta –. ¿Nos tumbamos, Fred? Estoy agotadísimo.

Le hice caso y volví a tumbarme como antes, con la diferencia de que ahora tenía a Harry a mi lado, mirándome a los ojos. Sentía su calor, su respiración. Cerró por un momento los ojos y se acorrucó en mí. Volvió a abrirlos.

-¿Sabes? Tienes una mirada preciosa – Dijo –. Me encanta tu mirada. Tu cara en general. Tienes un cabello bastante sedoso – Me pasó la mano por el pelo –. Y tienes unos labios…

Acarició mi labio con su dedo. Después, me acarició la barba. Yo cerré los ojos y me acerqué hacia él. Mi corazón latía tan rápido que creí que se me salía del pecho. Creo que hacía mucho tiempo que no me sentía así. Entonces pasó. Me besó. Y le devolví el beso. Creo que era un beso esperado y deseado. Después del beso, vinieron caricias y abrazos llenos de pasión. De una manera muy sensual, se quitó la bata y resultó estar desnudo. Nunca había visto un cuerpo varonil tan perfecto, tan precioso. Parecía una escultura esculpida en mármol por los mismos Dioses del Olimpo. Su pecho tenía un poco de vello, el perfecto. Se abalanzó a mí con hambre de deseo carnal y lujuria. Nunca antes me había sentido así. Nunca antes me habían tratado de esa forma. Creo que Harry White le ha dado un nuevo significado al término ‘sexo’.

-¿Es la primera vez que haces esto… con un chico? – Me preguntó al terminar, cuando yo miraba el techo y su cabeza reposaba sobre mi pecho.

-Sí – Respondí.

-Puedo sentirme halagado – Cerró los ojos, me abrazó y al momento se quedó dormido. Yo le besé la frente, me di la vuelta y me dormí también.

A la mañana siguiente, sentí cómo se levantaba de la cama y se sentaba sobre ésta. Vi con los ojos entrecerrados cómo miraba hacia atrás. De un momento a otro, sin previo aviso, se volvió eufórico, como loco. Se levantó de un impulso de la cama, se puso su bata, recogió sus cosas y se colocó sus gafas de sol. Parecía entre enfadado y ofendido.


-No me vuelvas a hacer esto, Fred – Dijo –. Es ridículo – Se acercó a la ventana –. Esas no son formas de tratarme, yo no merezco este trato  – Y salió -. Y, por cierto, follas demasiado bien para ser heterosexual.

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Dedicado a  Sirius, por darme fuerzas e ilusión para continuar la Saga Arcoiris, que ha pasado de ser un sueño a una realidad. 
Gracias. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Monocromía del arcoiris.

No hacía más de dos meses que me había mudado a este nuevo barrio y todavía no he escrito una sola palabra de mi novela. Creí que mudándome, encontraría la calma y la paz espiritual que tanto anhelaba. Vaya iluso. Ese maldito Harry White y sus fiestas de solteros… Ahora estoy todas las noches a base de tabaco y brandy para poder sobrellevar otro día más.

Ahora sé por qué ponían tanto interés en alquilar este piso. Yo me tengo que tragar todas y cada una de las celebraciones que monta. Menudo escándalo. Menos mal que el blues y el jazz no son para nada indecentes, pero de eso ya se encargan sus invitados. ¿Qué tienen esas fiestas? Las veces que he ido, sólo estuvo dando vueltas alrededor de aquella multitud de hombres, yendo de macho en macho, a ver quién le agrada más para quedárselo aquella noche. Y lo peor es que, cuando viene la policía, se escaquea y los demás tienen que responder por él. Cualquier día llamaré yo a la policía y...

¿Yo, su amigo? Ese no es amigo de nadie, sólo va donde le conviene y a lo que le conviene. Es un estafador, un caradura, un manipulador, un sucio rastrero y ruin.

Y lo peor, todavía sigo sin entender qué le hice. Yo me comporté tal cual. Es más, creo que fui todo un caballero. Seguro que otra persona en mi lugar, no se hubiese comportado así. Apuesto mi cuello a que ni el estúpido señor O’Donnell, ni el señor Marshall ni ninguno de aquellos capullos han tratado nunca de esa forma a Harry White.

Oh, claro, seguro que armó aquella pataleta de niño de primaria porque no le pagué. Como el señorito Harry White se mueve con dólares de por medio… Se cree una persona de apellido, pavoneándose con sus bolsos de marca y sus abrigos de piel, paseando sus joyas por el rellano, fumando de su larga boquilla negra y plata y usando unas excéntricas gafas de sol incluso cuando está nublado o techado.

Ya ni me mira cuando pasa por mi lado en la escalera, y dejó de llamar a mi piso cuando se dejaba las llaves en su casa. Empezó a llamar a casa de Agatha Bryce, la señora del culo gordo del 1º, pero se ofendió tanto que no llamó más de tres veces. Parece ser que a ella también le molesta el escándalo. No me resulta extraño que Harry tenga tanta gente que le odie. ¿Por qué será? No sabe mantener una relación de amistad. No tiene ni idea de cómo puede sentirse una persona. Claro que, como él ha vivido a base de fama y dinero, es normal que no sepa cómo se sienten los humanos de a pie. Él vive como en otro nivel, se mueve por el interés.

¿Quién le habrá enseñado a ser así? ¿No tiene familia? Amigos ya se sabe que no. Y si él cree que los tiene, será uno de aquellos señores que les paga por ser su “amigo” durante una hora y luego se larga a tener vida normal. Me refiero a vida normal porque, contratar a Harry White es como cuando un coche para a repostar o alguien se va de vacaciones. Es algo pasajero, no duradero. Harry White es una persona que me ha demostrado que ve el mundo como un juego, como unas vacaciones eternas de esplendor y riqueza, pero no se da cuenta de que es una persona vacía.

Me enciendo otro pitillo más, “el último” llevo diciendo desde el lunes pasado. Ahora mismo, es lo único que me ayuda. Y el brandy, maravilloso brandy. Ando por casa como un muerto en vida, sin saber dónde ir, sin saber qué hacer. Ayer fui a la biblioteca a ver si encontraba la inspiración por algún sitio, pero sólo encontré desesperación. Mi día a día es simple monotonía. Necesito salir de aquí. Me siento encerrado. Me agobio. Me ahogo.

¿Y si voy al parque, a dar una vuelta? ¿Y si me pierdo por la ciudad? A lo mejor eso me inspira y puedo empezar a escribir mi nueva obra. O al menos, me ayuda a desconectar y salir de estas cuatro paredes que me están matando y quitándome las ganas de vivir. Está bien, me levanto, me visto y me voy. No hay más vuelta de hoja. O salgo de aquí ahora mismo, o tendrá que venir a buscarme la policía forense.

Mientras me visto, me pasan miles de cosas por la cabeza, miles de historias que puedo escribir. Siento como si mi cuerpo volviese a la vida, como un calor brotase de mi pecho hasta el resto de mi cuerpo. Me siento más positivo. Creo que debería salir más a menudo. Debería proponerme salir diariamente al parque, a aislar mi mente.

Abro la puerta y me dispongo a bajar las escaleras cuando… Me encuentro en el felpudo de la entrada un papel, un papel doblado y algo arrugado. Me agacho a cogerlo, lo desdoblo y leo una caligrafía descuidada, emborronada y temblorosa sobre un papel salpicado de lo que podrían ser lágrimas.

Fred, ayúdame.



Como una brisa helada que me paralizase todo el cuerpo, siento como si mi pecho se hubiese vuelto de cemento, ahogando el calor anterior, como si mis pies estuviesen pegados con el pegamento más fuerte al suelo. ¿Qué hago en este momento? ¿Cómo puedo sentirme? Mi mente explosiona, siento cómo el tiempo se para y un sudor frío recorre mi frente y mi nuca. Me tiemblan las manos y mis ojos pasan una y otra vez por aquellas dos palabras, intentando descifrar el mensaje. ¿Qué querrá ahora de mí? ¿Cuánto tiempo lleva sin ni tan siquiera mirarme a la cara? Estoy a punto de volverme totalmente loco.

¿Y ahora qué? ¿Cómo debo comportarme? ¿Qué debo hacer? Una parte de mí dice que siga adelante y salga a la calle, que él no se hubiese preocupado por mí. Otra parte, dice que vaya a su casa y pregunte lo que ha pasado, que me interese por él, al menos, por lo que fuimos en otro momento. ¿Qué fuimos en otro momento? ¿Aquello se reconoce como una amistad? He de reconocer que al menos pasé algunos buenos ratos con él, y creo que sólo por eso, y por hacerme perder la cabeza, se merece un poco de apoyo moral. Pero yo no sirvo para eso, no sabría qué decir. ¿Y si se le ha muerto un familiar cercano? ¿Qué debo decir? ¿Mi más sentido pésame? ¿Y luego? Tendría que quedarme a escuchar lo buena que estaba la tarta de manzana de la tía abuela Mildred o los chistes tan graciosos que contaba el abuelo Tom, pero ahora no está, ha muerto y no volverá a recordar sus batallitas de guerra.

¿Y si no es eso? ¿Qué tipo de ayuda necesita? No valgo para dar consejos. Maldito Harry White… Siempre tiene que darme un nuevo quebradero de cabeza. ¿Y después de eso? ¿Volverá a ser todo como antes? ¿Volverá a hablarme?

Está bien, por ahora lo que haré será bajar las escaleras. Creo que será lo más acertado. Sigo en mi puerta, no me había dado cuenta. Estoy solo, de pie, mirando un papel, y está empezando a oscurecer. Me siento patético. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Miro el reloj y, para mi sorpresa, llevo más de un cuarto de hora aquí parado.

Entonces, empiezo a bajar los escalones. Cada vez parecía que me costaba más esfuerzo. Mis piernas empezaron a flaquear y mi cuerpo a temblar. ¿De qué tengo miedo? ¿Qué estoy temiendo? ¿El panorama que me pueda encontrar? Cuando bajo a la segunda planta, veo la puerta de Harry entreabierta. Entonces, me acerco poco a poco y lo escucho hipar con fuerzas. ¿Qué hago? Me voy, me voy a mi piso, voy a estar en mi casa tranquilo. Sea lo que sea lo que le haya pasado… Yo no he salido y no he visto la nota, fin ¿Por qué pretendo ser cruel con él? No me sale. Creo que todavía me queda un poco de rencor después de todo lo que hizo, pero no puedo estar recriminándoselo toda la vida. Creo que en este tipo de situaciones, hay que dejar los problemas aparte y ofrecer toda tu ayuda. ¿Lo hago por cumplir? ¡Claro que no lo hago por cumplir! Sé que estoy deseando de entrar. Pero me gana el miedo.

-Señor Johnson… Alfred… -Escucho que dice entre sollozos – ¡Fred, ayúdame! ¿Dónde estás, Fred?

Harry… Acabo de confirmar que estaba pidiendo auxilio. Necesitaba mi apoyo, me estaba llamando a mí. Sí, yo para él soy Fred, pero… ¿Y el Señor Johnson? ¿Y quién demonios es Alfred? Entonces dejé de dudarlo y entré.

-¿Harry? – Pregunto – Harry, soy yo, Fred. Estoy aquí, he venido a ayudarte – Intento guiarme por el sonido de sus sollozos y su respiración, pues está todo tan oscuro que no veo nada –. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

-Fred… -Contesta Harry. Sonaba como si lo hiciese con su último aliento.

Me asusto tanto que entro rápido al salón. Espero que mis ojos se adapten a esa oscuridad y busco algo que encender, palpando por todos los muebles. Me acerco a una mesilla y enciendo la luz. Lo primero que veo es toda su ropa tirada en el suelo hecha un bulto y un par de cuchillas llenas de sangre. Y ahí tumbado estaba Harry, pero no el Harry White que yo conocía. Nunca había visto una imagen tan decadente y triste. Por primera vez, aparentó más edad de la que tenía, aunque todavía su edad seguía siendo para mí algo desconocido. Estaba roto por dentro. Lloraba a más no poder, miraba al suelo. Hipaba entre aquel amargo llanto. Daba la sensación de que se había cumplido la cosa que menos se esperaba que ocurriera, lo peor que le hubiese podido pasar en aquel momento, y no parecía que fuese algo que era de esperar. No, aquella sensación demostraba ser el resultado de una amarga sorpresa.


-Fred, has venido – Dice Harry. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

La entrada al arcoiris.

No sé cuánto tiempo llevo sentado en este taxi, ni por cuántas calles he pasado, pero deseo llegar ya a mi destino.  El sólo pensar que hoy por fin es el día en el que pisaré por primera vez mi nuevo hogar, me revuelve el estómago, no sé si para bien o para mal. Estoy nervioso.

Es un barrio céntrico aunque no muy transitado. Parece un buen barrio, no hay inmigrantes ni se practica la prostitución. Y, a día de hoy, es lo único que pido para la que pudiese ser mi próxima casa. No me gustaría meterme en ninguna disputa ni berenjenales ilegales por culpa de los vecinos. Mis vecinos son todos americanos ricos que no quieren verse integrados en nada que pueda complicarles la vida, así que no tendré problema.

-Ya estamos aquí – Dice el taxista.

Miro por la ventana y veo el que es mi nuevo bloque. Es un bloque estrecho, con pocos vecinos. Sólo tiene cuatro plantas y dos vecinos por cada una. Es perfecto para un escritor como yo, que viene en busca de tranquilidad. La fachada es de piedra y las ventanas están adornadas con flores rojas.
Entonces, veo algo que me llama la atención: Un chico joven, que podría rondar entre los 17 y los 21 años, se acerca a la puerta. Va vestido con unos estrechísimos pantalones negros, unos extraños mocasines con plataforma y una camisa negra bien ajustada. En el cuello, lleva un fino lazo blanco, a juego con un gran fular que lleva sobre los hombros. Las grandes gafas de sol no me dejan verle los ojos. Aunque lleve una descuidada barba, está perfectamente peinado. Me llama la atención el contraste entre elegancia y desaliño. En una mano, lleva una bolsa de desayuno de una conocida cafetería, en la otra lleva un cigarro con una larga boquilla.

-¿Se va a bajar aquí? – Pregunta el taxista.

-Claro – Respondo.

Me bajo y cojo las maletas del taxi. Me sitúo en la acera de enfrente del bloque y, cuando se ha ido el taxi, sigo mirando a aquel extraño chico. Parece un chico de alto standing, aunque no para de mirar a todos sitios con bastante apuro, como si quisiese huir de algo. ¿De qué querrá huir un joven chico de esa alta escala social? Está buscando algo en los bolsillos, y parece que tiene prisa. Llama al telefonillo. Entonces, me percato de la situación. Un señor mayor, canoso y ataviado con un elegante esmoquin, se acerca al chico joven. Entonces, a éste le entra la prisa a la vez que el pánico.

-Harry cariño… - Dice el hombre mayor.

-Oh, señor McDylan… Qué… agradable sorpresa – Responde el chico joven en cuanto le abren la puerta del bloque, aunque no parece que fuese tan agradable, pues estaba ofreciendo una sonrisa forzada que más bien parecía una mueca de terror.

-Me llamo O’Donnell, Alexander O’Donnell y me dijiste que me querías. ¿Es que ya no te acuerdas de mí, pichoncito? Vamos, yo no soy como los demás, ¿Recuerdas?

-Oh, claro que le quiero, señor O’Donnell, pero usted ya es mayorcito para entender que existen muchas formas de querer. Y ahora tengo mucha prisa y no puedo atenderlo – Dijo el joven asomándose por detrás de la puerta. Seguidamente, cuando iba a cerrarla, fue interrumpido por el señor O’Donnell.

-Vamos, Harry, mi vida… Sólo es un ratito…

-Señor O’Donnell, ¡Por favor…! –Y volvió a intentar cerrar de nuevo, otra vez sin resultado.

-Venga, Harry, ya te di los 100 de la última y los 50 de la penúltima, eso merece algo más… - Dijo O’Donnell cogiendo el pomo de la puerta forzándola para poder entrar.

-Lo siento, señor O’Donnell, he dicho que este no es el momento. Y ahora, si me permite…

-Harry, te lo suplico, tengo muchas ganas de verte…

-Pues ya me está viendo, señor O’Donnell, y me está viendo decirle que no, pero es usted el que insiste – Dijo Harry haciendo fuerzas para poder cerrar, pero el señor O’Donnell metió el pie en el hueco para que no pudiese hacerlo.

-Oh, vamos, Harry… Mi pequeño Harry…

-No soy su pequeño nada, Señor O’Donnell.

-Pero…

-¡Le pido por favor que se marche! –Gritó Harry totalmente alterado. Ya no hacía ni fuerzas para sostener la puerta, pues había asustado tanto a O’Donnell que dejó de intentar entrar –. Son las ocho de la mañana y va a despertar a todos los vecinos. Y este no es el momento ni el lugar. Está armando un escándalo público. ¡Qué vergüenza, señor O’Donnell! ¡Un caballero como usted rebajándose a tal nivel de chabacanería! ¿Qué pensaría su mujer y sus hijos?

Entonces, el señor O’Donnell empezó a empujar la puerta. Parecía enfadado, humillado y ofendido. Harry, desde dentro, intentaba cerrarla. Hasta que, por fin pudo hacerlo. Entonces, el señor O’Donnell miró con enfado hacia arriba, donde seguramente viviese Harry, y empezó a maldecirlo entre dientes.

Cuando se apartó de la puerta, cogí las maletas y me acerqué. Busqué la llave en el bolsillo, con la suerte de que sólo me habían dado la de la puerta del piso. Entonces, tuve que hacer lo mismo que hizo Harry y llamé en el telefonillo al primer botón que me pareció.

-¡Señor O’Donnell, por favor, como siga llamando a mi casa, me veré en la obligación de llamar a la policía, así que hágame el favor de marcharse de una vez o acabaré llamando yo a su casa, verá la gracia que le va a hacer!

Y colgó. Sí, era Harry. En ese mismo instante, una señora rechoncha y bajita, vestida con un vestido rosa y una pamela a juego, salía del bloque para pasear a su pequeño perro blanco.

-Buenos días, señora – Le saludo –. Soy Edward Sanders, su nuevo vecino.

-Oh, encantada señor Sanders, yo soy Agatha Bryce, 1º B, para servirle.

Dicho esto, me extendió la mano para que se la besase. Al hacerlo, se fue sonriendo calle abajo contoneando su gordo trasero. La miro con extrañeza antes de que se cerrase la puerta y por fin entro aquel bloque. Cargo con mis maletas hacia arriba, hasta el 3º A, pero antes me detengo ante la puerta del 2º A. Es la puerta de Harry, el botón al que llamé en el telefonillo. Entonces, toco un par de veces a la puerta.

-¿Señor O’Donnell?

Escucho el sonido de la mirilla. Acto seguido, se abre la puerta.

-Oh, perdone, creí que era… Un amigo. Adelante, pase.

Entro dentro de aquel piso. Era todo totalmente minimalista, pero a la vez muy elegante. Al haber pocas cosas, no se notaba mucho aquel desorden, pero yo vi cosas que no encajaban: Una jarra de leche encima de la estantería, unos jarrones puestos sobre la mesa de la plancha, una serie de maletas a modo de mesas… También me fijé que todas las sillas eran impares, pero estaban pintadas de blanco para que no se notase mucho. Las cortinas eran edredones de invierno y de un gran espejo dorado, colgaban toda serie de collares y complementos. Aunque el centro del salón lo coronaba una preciosa chaiselonge, también blanca pero tapizada en un color morado a juego con la moqueta. Un precioso y armonioso salón en colores morados, blancos y dorados, con muchos curiosos detalles.




-Tome asiento, corazón –Me dice Harry.

Al volverme a mirarlo, me doy cuenta de que está envuelto en una bata blanca. Claro, al abrirme la puerta, sólo asomó la cabeza y me he quedado fascinado con los detalles de la casa, así es normal que no lo haya visto antes.

-¿Le importa que me desnude? Oh, vamos, no me mire con esa cara, sólo me refiero a quitarme los pantalones. Es que acabo de llegar de fuera y no me ha dado tiempo a desnudarme por completo, así que sólo me he quitado la camisa y me he puesto esta bata. Cuando estaba desnudándome, volvieron a llamar al telefonillo y me enfadé tanto que se me olvidó quitarme los pantalones. El señor O’Donnell, un viejo pesado que piensa que soy su muñeco porque la otra noche me dio 200 dólares por pasarla con él. Claro que, una oferta así no la rechaza cualquiera, pero eso no me hace ser de su propiedad. Al menos, no ahora que no me ha vuelto a pagar. Y claro, como yo tenga que pertenecer todo momento a todos aquellos que pagan por mi compañía, no daría pie con bola y seguramente acabasen todos peleándose entre sí, por eso prefiero mantenerlos al margen unos de otros, no vaya a ser que algún día se monte y me vea yo en medio. No sabría cómo actuar, porque todos estarían en igualdad de condiciones.  Y si uno ya es agresivo a solas, imagínese que se juntasen. ¡Vaya lío!

Seguidamente, se acomodó en la chaiselonge, se encendió un cigarro y continuó hablándome.

-Los hombres son muy complicados. Más complicados que las mujeres, diría yo. Siempre dicen que tienen las ideas claras, que saben lo que quieren y lo que les gusta, cuando realmente es todo una patraña y una sarta de mentiras. Cuando prueban algo nuevo, no paran de repetirlo hasta que encuentran otra cosa nueva y así se llevan toda la vida. Odio a ese tipo de personas que dicen que no les gusta una cosa sin haberla probado antes. El señor O’Donnell, por ejemplo, es un señor casado y tiene tres hijos mayores, creo que incluso tiene nietos. Simpatizamos un día en una cena a la que me invitó un amigo que resultó ser también amigo del señor O’Donnell y allí empecé a gustarle, hasta que me pidió que le acompañase una noche. Él decía que era la primera vez que dormía acompañado de un hombre, pero eso me lo ha dicho tanta gente que ya no sé si creérmelo. Me lo repetía tantas veces que ya me cansaba, al igual que me decía que no se lo contase a nadie, aunque él se encargaba de contárselo a sus adinerados amigos. Y ya lo ve, ahora está acosándome porque quiere que sea para él. Pero no, señor O’Donnell, usted tiene su casa y su familia y yo no quiero pertenecer a nadie ni que nadie me pertenezca a mí. Claro que, si algún día quiere volver a contratarme, lo haría sin ninguna duda, ya que paga muy bien y me hace bastantes regalos. ¿Ve esa pulsera de plata de ahí? Me la regaló él.

>>Lo peor de esto es la familia, ya que hay una familia de por medio, pero yo no tendría que preocuparme. Yo hago como el que no sabe nada, yo sólo atiendo al que requiere mis servicios que para eso me paga y no tengo por qué mirar a nadie más. Si quiere romper su familia, allá él, pero que a mí no me meta por medio que yo sólo hice lo que él me pedía. Es un trabajo como otro cualquiera. Es como el que no puede beber alcohol porque tiene problemas de hígado o riñón o alguna cosa así y ahora culpan al de la tienda porque ese señor ha caído malo y él le vendió la botella de vodka que causó todo ese jaleo. El de la tienda no tendría culpa de nada, pues no sabe lo que a ese señor le pasa y él lo único que hacía era su trabajo. La culpa la tendría ese señor que, él sabe que su salud está delicada y que si hace eso le puede afectar, pero aun así, lo hace. Eso sí, su cama es preciosa, es bastante amplia y muy mullida. Parece que dormía entre nubes. Y, cuando me desnudé… ¡Oh, todavía sigo vestido! – Se levantó delicadamente– Dese la vuelta, si quiere. Bueno, de todas formas no va a ver nada. Chico, vaya idiotez, me vuelvo yo y listos.

Se dio la vuelta, se bajó los pantalones y los puso sobre una silla.

-Ya que me he levantado, voy a poner un poco de música. ¿Le gusta Edith Piaf? Es maravillosa. ¿Quiere un poco de whisky?

-Claro, por qué no – Respondí al fin.

Después de encender su vinilo, se acercó a la nevera y vi cómo sacaba unas zapatillas de dormir y seguidamente, una botella de whisky y dos copas ya servidas de dentro del frigorífico. Puso la botella y las copas sobre la mesa y se volvió a sentar.

-Bueno, todavía no le he preguntado lo que quería, señor…

-Sanders, Edward Sanders, su nuevo vecino.

-¡Oh, señor Sanders, qué alegría conocerlo! – Dijo mientras se levantaba y me estrechaba la mano. – Y bueno, ¿Qué le ha traído por aquí?

-Me pasaba por aquí para decirle que fui yo el que llamó al telefonillo, no el señor O’Donnell, ya que me habían dado sólo la llave del piso y no la de fuera.

-¡Oh, vaya, cuánto lo siento señor Sanders! De verdad, lamento mucho haberle contestado de esa forma.

-Tranquilo, no es nada.

-Señor Sanders, ¿Puedo llamarle Fred? Es que le veo cara de Fred.

-Como usted prefiera, señor…


-White, Harry White. 

domingo, 18 de agosto de 2013

Merendando tras el arcoiris.

Nunca antes lo había visto llorar. El espíritu fuerte y salvaje que habitaba en él ya no vivía allí. Era un cuerpo totalmente destrozado, sin alegría, gris. Ya de por sí me resultaba extraño volver a verlo una vez más sin maquillaje, pero la última vez no estaba en estas condiciones. Parecía que se le habían agotado las ganas de vivir.

 Estaba tirado en su chaiselonge favorita, boca abajo. Sólo llevaba la una desgastada camiseta de pijama que parece ser que ser que sólo se la ponía en sus días más tristes, pues él no era de dormir vestido y en esa camiseta ya se veían rasgos de haber sido usada en más de una deprimente ocasión.  Al no ser de su talla, era tan grande que no se podía ver si debajo había ropa interior o no, y yo no había ido allí para descubrirlo.
No sé por qué me llamó a mí, teniendo a tanta gente a la que llamar. Me llamó a mí, a su vecino de arriba, con el que tanto había jugado y mareado sin dejarle nada claro. Siempre fui su juguete desde el día que me engatusó hasta el día en el que me di cuenta de lo sucio que podía llegar a ser. Pero, después de todo, fui su mejor amigo. Su único amigo. Y confiaba en mí.

Su casa estaba más desordenada de lo habitual. Él nunca había sido muy amante del orden, pero vivía en su orden desordenado. Ese día, su único orden se había desvanecido. La mesa estaba llena de ceniceros hasta arriba, por el suelo encontré varias cajetillas de tabaco y botellas de diversas bebidas alcohólicas vacías (Entre ellas, tequila y vodka, y recé por que no hubiese mezclado ambas). Del baño procedía un fuerte olor a vómito y su  habitación estaba patas arriba. Su casa había pasado de ser una casa minimalista de catálogo a ser la casa de un yonki.

Como pudo, me ofreció asiento. Se levantó y me miró a los ojos.

-Lo he vuelto a hacer.

Y me abrazó fuertemente mientras rompía a llorar. Olía a sudor, vómito y sangre. Ya no olía a perfume caro de señor mayor (Mejor dicho, mezcla de perfumes caros de diversos hombres mayores adinerados con los que solía mantener sus citas diarias).

-¿Qué has vuelto a hacer? –Dije mientras le miraba directamente a los ojos.

Se puso de pie y se alzó la ancha camiseta. Sí, tenía ropa interior, de marca además. Pero eso no era lo que me quería enseñar. Alrededor de sus ingles, había diversas postillas y heridas. Eran finas y alargadas, perfectamente situadas de forma paralela las unas a las otras. Lógicamente, eran causadas. 

-¿Por qué lo has hecho? –Pregunté serenamente, para no alterarlo más.

-Me he enamorado.

Un sudor frío recorría mi nuca y mis ojos se abrieron como platos. Se me cortó la respiración. Harry, Harry White enamorado.  El hombre que no pertenece a nadie y pertenece a todos, el hombre que decide con quién acostarse y con quién no. Ese hombre, enamorado.

-Sí –Me dijo como si me leyese el pensamiento –, estoy enamorado. Yo estoy enamorado. También soy humano, ¿Sabes? Tengo mis sentimientos y mis emociones. Las he tenido siempre aunque no lo parezca. Lo que pasa es que no quería que nadie se diese cuenta. Lo que todos conocéis de mí es un maquillaje, una máscara para protegerme de la sociedad que te corrompe por dentro. Pero, si no puedes con tu enemigo, únete a él. He estado muchos años oculto tras un personaje que no era yo, mi alter ego, una parodia de mí mismo que se me ha ido de las manos de tal forma que mi auténtico yo se ha reducido a cenizas.

No sé cómo reaccionar a esto. Harry se está desnudando para mí, pero no como solía hacerlo, sino de una forma más personal.

-He tenido miedo de ser yo. Siendo yo, no he sido aceptado. Nunca. Y si lo he sido, ha sido por poco tiempo, tan poco que ni lo tengo en cuenta. Cuando empecé a dejar de ser Darren para ser Harry, mi vida comenzó a cambiar.

¿Darren? ¿Harry se llama Darren?

-Darren Brown –Me confirmó para interrumpir mi pensamiento –. Mi nombre de pila es Darren Brown. Harry manda sobre Darren, sin darse cuenta de que sigue siendo el mismo Darren de siempre, con sus mismos miedos. Yo olvidé eso. Me olvidé de Darren. Olvidé ser yo. ¿Recuerdas que una vez te dije que sólo existen dos tipos de persona: Los que eligen y los que son elegidos? Pues yo soy un elegido que aparenta elegir. Si te das cuenta, yo nunca he dicho que no a ningún tío que se me acercase, pero mi personalidad de diva superficial dice todo lo contrario. ¿Sabes por qué? Porque así siento que Darren ha muerto. Siento que atraigo a alguien, siento que me quieren devorar y que tengo en mi mano lo que desean. Me siento deseado. Nunca nadie ha deseado a Darren, pero sí a Harry.

Se levantó para encenderse un cigarrillo en su larga boquilla negra y plateada y continuó con su historia.

-Viví y crecí en una casa de campo donde me criaron mis tíos, pues yo no era un niño deseado, ni por mis padres ni por nadie. Cierto día me decidí a coger la vida por los cuernos y a enfrentarme a ella cara a cara. Entonces me mudé a la ciudad, cosa que fue muy fácil porque no me dolió a mí ni a los que dejaba atrás. Fue como una liberación. Entonces decidí cambiar mi nombre y mi apellido, porque pensaba que ya no me pertenecían, pues fueron dos cosas que no decidí por mí mismo y ahora era el momento de saber qué hacer con mi vida y de qué manera llevarla. En esos momentos, vivía en un pequeño piso que tenían mis tíos en un sitio céntrico, pero como han sido siempre tan rústicos, nunca dejaron el campo y lo tenían abandonado. Mi tía, que era la única que se preocupaba por mí, se encargaba de darme algo de dinero para mantenerme mientras yo empecé a trabajar en diversos sitios. Recuerdo esa etapa de mi vida como ‘Vivir para trabajar’, pues no hacía otra cosa.




>>Cuando mi tía murió, murió con ella lo único que me quedaba de mis auténticas raíces. Yo siempre creeré que la mató mi tío, pues dos días después, se lo encontraron muerto en el salón. Se suicidó. Y no preguntes por qué, pero tengo la sensación de que fue él. Todavía sigo yendo a visitarla cuando puedo y a dejarle la lápida tan bonita como ella se merece. ¿La de mi tío?, me da igual. Pues bien, con la muerte de mi tía, apareció en mi vida un gran bache del que tuve que salir yo solito. Tuve que irme a vivir con una familia para la que trabajaba para así poder alquilar el piso en el que estuve viviendo y así ganar más dinero.  Hasta que conocí al señor Johnson, un señor muy simpático y adinerado que me ayudó (más bien a Harry) a ser la persona que soy ahora. Él me pagaba por hacerle compañía y me recomendaba a sus amigos, los cuales me daban todos los caprichos habidos y por haber. Ahí fue cuando Harry floreció. Me movía por el mundo del vicio y del glamour. Estaba rodeado de perfumes caros y joyas. Yo era un jovencito con mucha labia y saber estar que sabía hablar de cualquier tema y agradaba a esos señores. Sólo tenía que darles lo que querían y hacer el papel de que me gustaban. Lo demás, lo tenía todo resuelto.

Hizo una pequeña pausa para servirse un coctel. Cogió dos copas impares que estaban por el suelo, las limpió un poco y vertió en ambas el contenido de una coctelera que había en una silla. Volvió a acomodarse con la copa en la mano y continuó.

-Cuando tuve el dinero suficiente, el señor Johnson me buscó este piso, un pequeño piso para mí solo en un sitio más céntrico que el anterior, con pocos vecinos para poder hacer mis fiestas de encuentro con los chicos más ricos de América sin apenas molestarlos. ¿Recuerdas la primera vez que asististe? Estabas asustado. Me parece que ese día fue el que un marine se enfrentó con un bombero y me tuve que escapar por la ventana del baño porque al señor Steven le daba miedo los ruidos fuertes y esa noche tenía pensado servirme de sus dotes para pasar el rato. Oh, claro que fue ese día. Cuando volví, tú estabas hablando con el señor Marshall e hicisteis buena amistad.

-El señor Marshall es un pesado –Dije al escuchar ese nombre, sin pensarlo –. Le odio.

-Yo también le odio. Pero sólo le odio cuando se bebe. Chico, qué hombre tan pesado. Me sé sus hazañas jugando al croquet de memoria. Y creo que la mitad de sus cacerías son inventadas. Me han dicho que apenas sabe montarse en el caballo, y con ayuda. Yo sigo sin entender esas tradiciones inglesas de jugar al croquet e irse de caza a caballo. No le veo ninguna diversión.

-Yo tampoco, parece del siglo pasado.

-Volvemos a coincidir en algo. Oh, Fred, realmente somos muy parecidos tú y yo. No sé qué haría sin ti.

-Todavía no me has contado tu enamoramiento.

-Cierto, pero primero quería que supieses mi historia para que así lo entendieses todo mejor.

Me da la sensación de que eso no es del todo así, sino que necesitaba decírselo a alguien para desahogarse después de tantos años oculto. Volvió a encenderse otro cigarrillo.

-Pues todo comenzó con una de mis últimas fiestas de solteros de oro, que recuerdo que vino el señor Johnson después de mucho tiempo sin aparecer.  Esa noche tuve otra sorpresa: Alfred, un chico de 22 añitos recién cumplidos con ansias de deseo. No sé cómo llegó hasta allí ni quién lo había invitado, pero para mí fue como un ángel caído del cielo. Era un chaval que sólo buscaba ir de flor en flor sin ninguna intención de encontrar el amor ni nadie que lo ate. Un Harry White sin ningún Darren Brown que ocultar. Esa noche lo invité a pasarla conmigo. Después escaparnos de la fiesta, fuimos a dar vueltas por toda la ciudad. Recuerdo que yo llevaba unas plataformas blancas y un fular de marca a juego con la pajarita. Estuvimos toda la noche riendo y hablando como dos adolescentes enamorados. Vimos juntos el amanecer. Días después, volvimos a quedar para tomar unos cócteles y así fue pasando el tiempo. No llegamos a mucho, la verdad, las ilusiones me las hice yo solo. Él no me prometía nada, fui yo el que se enamoró de él y de su indiferencia. Todo empezó a olerme mal cuando comenzó a fijarse en algunos de mis anteriores conquistas y me iba diciendo que tenía ganas de hacer una serie de cosas con ellos que a mí ni me insinuaba hacer. Pero lo peor estaba por llegar. Anoche, como de costumbre, fui a visitar al señor Johnson a su casa. Cuando llegué, la puerta estaba encajada. Claro, me asusté, pues ya es un señor que está mayor y le tengo mucho aprecio. Entonces entré, pobre ignorante de mí, y voy yo con el cuerpo cortado y un susto que me recorría toda el alma y abro la puerta de su cuarto. Me encontré la impactante imagen del señor Johnson desnudo con Alfred enganchado a él por detrás dándole duro.
>> Créeme, fue algo traumático para mí. La persona que me sacó de aquel mundo de barriobajeros y muchedumbre y ha hecho que sea lo que ahora soy tirándose al chico que me gusta. Y no creo que haya sido por su propia voluntad, sino que Alfred le convenció. Claro que yo sé que el señor Johnson ha tenido sexo con más personas y a mí no me ha importado, pero esto ya era demasiado sobrenatural. Estamos hablando del chico que me gusta. No, no sólo el chico que me gusta, sino el chico que me tiene loco. ¿Sabes por qué? Porque es la persona que yo siempre he querido ser sin tener que ocultar otra. No quiero decir amor porque es ya un término mayor, pero puedes imaginarte más o menos de qué van las cosas. Pues ese mismo chico, esa pequeña zorra escurridiza que me utilizaba para tener mis contactos y ligarse a mis ligues y tirarse al señor Johnson, que para mí es como si fuese mi segundo padre. Lo más repugnante de ese chico fue que, después de todo, me dijo que yo no era su tipo. Maldito cabrón.

No sé qué decir en este momento. Claro que esa escena debió ser frustrante y que lo ha tenido que pasar mal, pero no sé qué palabras decir para animarle. No sé si tengo que criticar a Alfred o decir que el pobre señor Johnson no tenía la culpa de nada. Entonces me levanté y fui a abrazarle. Él me devolvió el abrazo y cerró los ojos. Y me besó en el cuello. Sonrió.

-¿Y por qué me he enamorado de semejante mamarracho y nunca antes me había enamorado de ninguno de aquellos señores mayores? - Dijo alzando la cabeza, que tenía apoyada en mi hombro - Pues porque aquel hijo de puta era un monumento griego y me daba un morbo que los demás no me daban. Y ese morbo ha acabado rajándome. Ahora, por culpa de ese pedazo de mamón, estoy tirado aquí, hecho una mierda y llorando. Yo, Harry White llorando por un tío. Yo, que me he acostado con los hombres más importantes de América y los que me quedan por probar. ¿Qué vivo en una mentira? ¿Y qué? Así soy feliz. El fin del ser humano es encontrar su propia felicidad, ¿Verdad? Y yo he pasado de ser una rata de alcantarilla a una joya deseada. Esa es mi propia felicidad. Pero no he de olvidar al viejo Darren y aprender de mis errores del pasado para no volver a cometerlos en un futuro. Voy a ser un Harry White con un poco más de Darren Brown. ¿Y sabes qué? Me voy a levantar, me voy a duchar y me voy a poner mi mejor ropa, la más cara y voy a salir a la calle a comerme el mundo. Y que les den por el culo a los demás, que le den por culo a Alfred. Él va a perder más que yo. Él no es un Harry White, es sólo una parodia de Harry White que nunca llegará a ser como él. Porque Harry White es único e inimitable. Esta noche te invito a cenar, Fred. Sólo tú y yo. 

Y se levantó de un salto. Ya se le había desvanecido toda la tristeza. Se había ayudado a él mismo, sólo le hacía falta alguien a quién contárselo y desahogarse. Yo no hice nada. Seguía sin saber qué decir, sucedió todo demasiado rápido y estaba sin palabras.


-Te quiero mucho, Fred –Me dijo al oído mientras me abrazaba –. Gracias por todo.